sábado, 15 de noviembre de 2008

EL DIA DEL GRAN ATASCO

Aquel día treinta y uno de julio de mil novecientos sesenta y ... tantos, amaneció como todos los anteriores treinta y uno de julio en esta bendita tierra mediterránea, caluroso, con un sol abrasador lleno de “malos rayos UVA”, justiciero y sin piedad.
El señor Manolo se levantó de su siesta canturreando muy contento, pues por fin había llegado el gran día del año, “el día del gran atasco”, pues habían otros atascos durante las fiestas de junio, a final de agosto, etc., pero como este ¡nanay!, ninguno.
Se sentó en el porche, cogió sus viejos prismáticos cual si fuese el mismísimo Rommel y empezó su observación, pues no quería perderse ni un segundo de aquel magnífico espectáculo que iba a comenzar muy pronto.
Su pequeño chalecito quedaba a la orilla misma de la carretera. Desde su privilegiado mirador podía ver la ciudad a sus pies y el mar a lo lejos, majestuoso y tranquilo enviándole su refrescante brisa.
Qué Manolo, ¿cómo va la cosa? le preguntó María su mujer, que salió al exterior sudorosa y puesta de delantal, oliendo a tortilla de patatas.
¡Bien, dona, bien! contestó Manolo, mezclando castellano y valenciano (como aún a veces se sigue utilizando por estos lares).
El asunto empieza a animarse ¡ché! qué tarde nos espera.
Los botijos puesto en fila, a la fresca, como un ejercito a las ordenes de su general, esperaban limpios y relucientes. En una cesta de esparto, envueltos en papel de estraza, esperaban docenas y docenas de bocadillos de chorizo, mortadela y longaniza.
¡Qué chiqueta! ¿Están las tortillas preparadas?. ¡Claro hombre!, tengo hechas veinticuatro. ¿Hago más o qué?. A mi madre, pobreta, le salen chispas de las manos y de los ojos, de tanto pelar patatas, cebollas y batir huevos. ¿Cuándo material crees que hará falta?. No sé, respondió Manolo dudoso, rascándose las cejas pobladas e indomables.
En los años sesenta estaba en pleno auge el veraneo en la costa y Benidorm brillaba en la cresta de la ola. era lo más “in” lo más “chic”, en fin... prosigamos con la historia de aquel día del esplendoroso atasco.
Cuando a Manolo le confiscaron unos metros de su terreno para ensanchar un poco la carretera, estuvo maldiciendo tres días y tres noches sin parar, sin imaginarse el negocio que se le avecinaba, pues a mayor amplitud mayor número de coches para el atasco.
Las carretillas pintadas de color verde alfalfa también esperaban impacientes como carros de combate por entrar en acción.
¡María! que no se mezclen los botijos de agua sola con los que están “bautizaos” con anís, ordenaba Manolo sin levantarse de su hamaca, mientras su mujer corría de un lado a otro cual hormiga desenfrenada.
El verano pasado, recordaba Manolo, nos dio para arreglar la cocina, ¡ y qué “bonica” quedó la puñetera, con sus armarios de railite y su piedra de mármol. Aún recordaba no hacía muchos años, cuando vivían miserablemente de cuatro cabras viejas y unas cuantas verduras que cultivaba y que luego vendía por cuatro cuartos en un mercadillo.
Curra su vieja perrita dormitaba tranquila aunque con un ojo abierto y otro cerrado, parecía esperar la acción igual que su amo.
Manolo ensimismado pensaba: este año me pongo mi cuarto de baño bien moderno, con su ducha y su water de taza, que ya estoy harto de cagar en el agujero del corral, que uno no está ya para tanto levantarse y agacharse, y si no la agüela... que si orinal a estribor, que si orinal a babor...
La tarde caía y lo que antes era un amago de atasco ya se había convertido en un colapso total. ¡Tararí! ¡tararí!, se oyó la corneta imaginaria. Manolo pegó un salto de la hamaca, su mujer salió a su llamada, expectante y desencajada, atándose su nuevo delantal limpio y blanco y hasta la abuela salió como pudo, pero salió.
Manolo empezó a pasar una cuerda de color claro por las asas de los botijos “sobrios” y otra oscura por las de los botijos “achispaos”, para no equivocarse, y los fue cargando en la carretilla dedicada a la bebida. María daba el último toque a la cesta de los bocadillos y seguía a su marido. En la carretera, los coches hacía rato que habían parado los motores y habían puesto en marcha sus lenguas los conductores, y no para decir... ¡qué bonito paisaje!, ¡buenas tardes! ¿cómo está usted? al conductor del coche vecino... no, no, sino para maldecir su suerte, al ministro de Fomento y Transporte, y hasta al que había echado la gravilla en la carretera.
A las ocho de la tarde aquello era un caos, un desmadre, una histeria colectiva, una desesperación en masa; allí estaba Gabino con su pequeña furgoneta cargada hasta los topes de gallinas y huevos; D.José con su familia, mujer, hijos, suegra y Pancho el gatito color canela que llevaban a todas partes. la caravana un poco destartalada del grupo pop: “Los pavos locos de Algete”, que por fin habían conseguido una gala en Benidorm esa noche y que veían que se les escapaba el sueño de su vida.
La mujer de D.José repetía sin cesar¸cual loro de ultramar: ¡Pepe, haz algo, Pepe haz algo!, los crios están desesperaos y mi madre ya no puede aguantar más. ¡ Pepeeee, por Dios, haz algo!
En un coche iba una pareja de recién casados, impacientes por empezar su luna de miel, también se veía un autobús lleno de polvo con una pancarta en la parte delantera en la que se leía “Rincón gastronómico Atascaburras” (famoso y nutritivo plato típico manchego), que iban de excursión al mar, cansados de cantar lo de conductor, acelera, acelera y el Asturias Patria querida. Todo el atasco en general sediento y con una gazuza más que regular. Y en ese momento... ¡ tachín, tachín!, ¡arriba el telón! ..., apareció Manolo con su carretilla y su sonrisa de oreja a oreja, cual si fuese montado triunfante en su cuadriga romana, con su plumero y capita plateada. Empezó a pregonar su mercancía: ¡ buenas tardes señores atascados, tengo bocadillos variados, chorizo, tortilla, mortadela, “llonganisa”, agua fresquita, anís paloooomaaa...
Bueno, aquello fue visto y no visto, el primer turno de mercancía desapareció en cinco minutos, la gente compraba los bocadillos al precio que pedía Manolo, sin rechistar, bebía de los botijos “a trago” que controlaba María. La abuela venía detrás de su hija repartiendo trozos de papel basto para que se limpiasen las manos y al final cerrando el cortejo, Curra la perrita, llevando un cestillo colgado al cuello para las propinas, con un letrero que decía: ¡San Cristóbal les proteja. Gracias!.
Se acabaron las reservas de la casa y casi toda el agua del pozo. Los ánimos se calmaron un poco y entonces comenzó la labor de relaciones públicas de Manolo, exultante con sus bolsillos llenos, empezando a pasearse entre el atasco. Allí estaba Cosme el solista de Algete que ensayaba a toda voz el estribillo de su canción estelar y al ver a Manolo paró su ensayo y le espetó: Maestro, ¿no tendrá por ahí un poco de vinillo de la tierra?, tengo la garganta más seca que una mojama y así no puedo trabajar. Sí hombre eso está hecho, ¡María saca la bota con vino de La Condomina!. Cosme bebió un buen trago y exclamó: esto es gloria Manolo, ¡bóbilis de ángel que digo yo!, muy agradecido, me ha salvao usted el gaznate, ahora solo falta llegar a tiempo y poder actuar.
Siguió Manolo su paseo y descubrió a los recién casados. ¡Hombre! ¿usted es Julián, no? Claro Manolo ¿cómo está usted?. Bien, bien... El verano pasado recuerdo que estuvo en el atasco con sus amigos y menuda juerga armaron con aquellas chicas inglesas... ja, ja, ja...
¡Chisssst! ¡calle Manolo que me he casado! en seis meses me ha “pescado” la Eleni... y aquí estamos esperando que nos dé la luz verde el dichoso atasco, para empezar a catar la miel.
Siguió mirando entre los coches Manolo y descubrió a Lucio. ¡Hombre, aquí hay novedades!, uno, dos, tres y cuaaatro ¡ha aumentado la familia! ¿eh?. Pues ya ve Manolo, un descuido sentimental que puede tener cualquier “menda”, contestó en tono castizo el “gato” madrileño Lucio, ya con éste se acabó la verbena y se clausura la expendeduría. Sonrió Manolo y continuó su recorrido.
En un seiscientos viajaban cuatro monjitas que regresaban a su convento. Una de ellas llamó a Manolo y le preguntó: señor ¿haría usted la caridad de dejarnos pasar al aseo?. Hermana de buen gusto lo haría, contestó el interrogado rascándose el cogote pues a Manolo siempre le picaba algo, pero... es que no tengo aseo. Y... ¿cómo se apañan ustedes?, preguntó la sor con curiosidad. De mala manera hermana, de mala manera... ¡ en el corral!. Las monjas se miraron entre ellas con un gesto de resignación, se santiguaron y contestaron: pues, ¡vaya por Dios! ¡ da igual! el caso es urgente, guíenos, por favor.
Cuando los demás vieron entrar a las monjas tan apuradas y salir sonrientes y aliviadas, le pidieron el mismo favor a Manolo y aquello se convirtió en una romería hacia el corral.
¡ El año que viene podrán ir a un aseo como Dios manda!, repetía María sin parar. Mientras, su madre se afanaba en llenar cucuruchos de rollitos de huevo y de anís, que tenía en reserva y que iba vendiendo a la salida de la “peregrinación”,
en el porche, debajo de la parra, donde empezaban a crecer los racimos de uva, justo al lado habían dos hermosas higueras que en esas fechas estaban cuajadas de higos en su punto de madurez y allí estaba la Curra dispuesta a no dejar a nadie meter mano a las susodichas higueras, gruñendo y enseñando sus afilados colmillos como un soldado más en su puesto.
Antes de la media noche empezó a “desatascarse el atasco” y a moverse la rueda humana.
Las gentes agradecidas se despedían casi con pesar, pues ya se habían hecho amigas de Manolo y su familia y agitaban sus manos con emoción y como despedida repetían: ¡hasta el año que viene, amigos, si Dios quiere! ¡Esperamos volver!. Adiós, adiós, contestaba la familia, ¡que vuelvan ustedes y que nosotros lo veamos!.
Contentos y felices entraron en su casa mientras cada vehículo seguía su destino. María comentaba en voz alta: este año el water, pero el año que viene compraremos la televisión, unos carros más cómodos para transportar la mercancía y para usted madre, un rosario nuevo con las cuentecicas de nácar. Eso, eso, repetía la anciana muy contenta.
Las mujeres se dispusieron a librar su batalla de orden y limpieza mientras el señor Manolo, el Gran Capitán de la batalla incruenta y con final feliz para todos, se derrumbaba en su hamaca del porche y poco a poco se serenaba y se iba quedando adormecido, mientras los grillos le cantaban su eterna canción ancestral, incitándole a bellos sueños de ilusión y felicidad y así acabó el día del gran atasco, musitando Manolo antes de dormirse su despedida: ¡hasta el próximo verano!, os espero con mi mercancía de primera, bocadillos caseros de la abuela y saludos de toda la familia, incluida la Curra, ¡guauuu...!. ¡SE ACABO!


Tina Jover Andrés

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