Lucero de la noche vive por mí
porque tal vez mañana no estaré aquí,
rosa de la mañana llora por mí
ya no te veré más en la umbría del jardín.
Retamas de los montes, piedras de los castillos,
señalarme la senda, señalarme el camino.
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Las huertas, los secanos, la tierra de sarmiento,
las palmeras airosas gritarán su nombre al viento,
le llamarán en la tarde, cuando se calme la brisa,
su nombre irá recorriendo los pueblos y las provincias.
Que se está yendo un poeta, que se lo llevan los dioses
a otra dimensión más bella, más allá del horizonte;
Debe de quedarse aquí, vivir los días, las noches,
vamos a cercar su alma con la fuerza de las nuestras
y así no podrá escapar más allá de las tinieblas.
Alma de las almas puras, sensibilidad al viento,
sube sin miedo al Olimpo entre las nubes del tiempo;
Poeta, sólo poeta, una palabra tan corta,
tan llena de sentimiento, poeta, solo poeta
ya eres parte de lo eterno.
lunes, 15 de diciembre de 2008
sábado, 15 de noviembre de 2008
EL DIA DEL GRAN ATASCO
Aquel día treinta y uno de julio de mil novecientos sesenta y ... tantos, amaneció como todos los anteriores treinta y uno de julio en esta bendita tierra mediterránea, caluroso, con un sol abrasador lleno de “malos rayos UVA”, justiciero y sin piedad.
El señor Manolo se levantó de su siesta canturreando muy contento, pues por fin había llegado el gran día del año, “el día del gran atasco”, pues habían otros atascos durante las fiestas de junio, a final de agosto, etc., pero como este ¡nanay!, ninguno.
Se sentó en el porche, cogió sus viejos prismáticos cual si fuese el mismísimo Rommel y empezó su observación, pues no quería perderse ni un segundo de aquel magnífico espectáculo que iba a comenzar muy pronto.
Su pequeño chalecito quedaba a la orilla misma de la carretera. Desde su privilegiado mirador podía ver la ciudad a sus pies y el mar a lo lejos, majestuoso y tranquilo enviándole su refrescante brisa.
Qué Manolo, ¿cómo va la cosa? le preguntó María su mujer, que salió al exterior sudorosa y puesta de delantal, oliendo a tortilla de patatas.
¡Bien, dona, bien! contestó Manolo, mezclando castellano y valenciano (como aún a veces se sigue utilizando por estos lares).
El asunto empieza a animarse ¡ché! qué tarde nos espera.
Los botijos puesto en fila, a la fresca, como un ejercito a las ordenes de su general, esperaban limpios y relucientes. En una cesta de esparto, envueltos en papel de estraza, esperaban docenas y docenas de bocadillos de chorizo, mortadela y longaniza.
¡Qué chiqueta! ¿Están las tortillas preparadas?. ¡Claro hombre!, tengo hechas veinticuatro. ¿Hago más o qué?. A mi madre, pobreta, le salen chispas de las manos y de los ojos, de tanto pelar patatas, cebollas y batir huevos. ¿Cuándo material crees que hará falta?. No sé, respondió Manolo dudoso, rascándose las cejas pobladas e indomables.
En los años sesenta estaba en pleno auge el veraneo en la costa y Benidorm brillaba en la cresta de la ola. era lo más “in” lo más “chic”, en fin... prosigamos con la historia de aquel día del esplendoroso atasco.
Cuando a Manolo le confiscaron unos metros de su terreno para ensanchar un poco la carretera, estuvo maldiciendo tres días y tres noches sin parar, sin imaginarse el negocio que se le avecinaba, pues a mayor amplitud mayor número de coches para el atasco.
Las carretillas pintadas de color verde alfalfa también esperaban impacientes como carros de combate por entrar en acción.
¡María! que no se mezclen los botijos de agua sola con los que están “bautizaos” con anís, ordenaba Manolo sin levantarse de su hamaca, mientras su mujer corría de un lado a otro cual hormiga desenfrenada.
El verano pasado, recordaba Manolo, nos dio para arreglar la cocina, ¡ y qué “bonica” quedó la puñetera, con sus armarios de railite y su piedra de mármol. Aún recordaba no hacía muchos años, cuando vivían miserablemente de cuatro cabras viejas y unas cuantas verduras que cultivaba y que luego vendía por cuatro cuartos en un mercadillo.
Curra su vieja perrita dormitaba tranquila aunque con un ojo abierto y otro cerrado, parecía esperar la acción igual que su amo.
Manolo ensimismado pensaba: este año me pongo mi cuarto de baño bien moderno, con su ducha y su water de taza, que ya estoy harto de cagar en el agujero del corral, que uno no está ya para tanto levantarse y agacharse, y si no la agüela... que si orinal a estribor, que si orinal a babor...
La tarde caía y lo que antes era un amago de atasco ya se había convertido en un colapso total. ¡Tararí! ¡tararí!, se oyó la corneta imaginaria. Manolo pegó un salto de la hamaca, su mujer salió a su llamada, expectante y desencajada, atándose su nuevo delantal limpio y blanco y hasta la abuela salió como pudo, pero salió.
Manolo empezó a pasar una cuerda de color claro por las asas de los botijos “sobrios” y otra oscura por las de los botijos “achispaos”, para no equivocarse, y los fue cargando en la carretilla dedicada a la bebida. María daba el último toque a la cesta de los bocadillos y seguía a su marido. En la carretera, los coches hacía rato que habían parado los motores y habían puesto en marcha sus lenguas los conductores, y no para decir... ¡qué bonito paisaje!, ¡buenas tardes! ¿cómo está usted? al conductor del coche vecino... no, no, sino para maldecir su suerte, al ministro de Fomento y Transporte, y hasta al que había echado la gravilla en la carretera.
A las ocho de la tarde aquello era un caos, un desmadre, una histeria colectiva, una desesperación en masa; allí estaba Gabino con su pequeña furgoneta cargada hasta los topes de gallinas y huevos; D.José con su familia, mujer, hijos, suegra y Pancho el gatito color canela que llevaban a todas partes. la caravana un poco destartalada del grupo pop: “Los pavos locos de Algete”, que por fin habían conseguido una gala en Benidorm esa noche y que veían que se les escapaba el sueño de su vida.
La mujer de D.José repetía sin cesar¸cual loro de ultramar: ¡Pepe, haz algo, Pepe haz algo!, los crios están desesperaos y mi madre ya no puede aguantar más. ¡ Pepeeee, por Dios, haz algo!
En un coche iba una pareja de recién casados, impacientes por empezar su luna de miel, también se veía un autobús lleno de polvo con una pancarta en la parte delantera en la que se leía “Rincón gastronómico Atascaburras” (famoso y nutritivo plato típico manchego), que iban de excursión al mar, cansados de cantar lo de conductor, acelera, acelera y el Asturias Patria querida. Todo el atasco en general sediento y con una gazuza más que regular. Y en ese momento... ¡ tachín, tachín!, ¡arriba el telón! ..., apareció Manolo con su carretilla y su sonrisa de oreja a oreja, cual si fuese montado triunfante en su cuadriga romana, con su plumero y capita plateada. Empezó a pregonar su mercancía: ¡ buenas tardes señores atascados, tengo bocadillos variados, chorizo, tortilla, mortadela, “llonganisa”, agua fresquita, anís paloooomaaa...
Bueno, aquello fue visto y no visto, el primer turno de mercancía desapareció en cinco minutos, la gente compraba los bocadillos al precio que pedía Manolo, sin rechistar, bebía de los botijos “a trago” que controlaba María. La abuela venía detrás de su hija repartiendo trozos de papel basto para que se limpiasen las manos y al final cerrando el cortejo, Curra la perrita, llevando un cestillo colgado al cuello para las propinas, con un letrero que decía: ¡San Cristóbal les proteja. Gracias!.
Se acabaron las reservas de la casa y casi toda el agua del pozo. Los ánimos se calmaron un poco y entonces comenzó la labor de relaciones públicas de Manolo, exultante con sus bolsillos llenos, empezando a pasearse entre el atasco. Allí estaba Cosme el solista de Algete que ensayaba a toda voz el estribillo de su canción estelar y al ver a Manolo paró su ensayo y le espetó: Maestro, ¿no tendrá por ahí un poco de vinillo de la tierra?, tengo la garganta más seca que una mojama y así no puedo trabajar. Sí hombre eso está hecho, ¡María saca la bota con vino de La Condomina!. Cosme bebió un buen trago y exclamó: esto es gloria Manolo, ¡bóbilis de ángel que digo yo!, muy agradecido, me ha salvao usted el gaznate, ahora solo falta llegar a tiempo y poder actuar.
Siguió Manolo su paseo y descubrió a los recién casados. ¡Hombre! ¿usted es Julián, no? Claro Manolo ¿cómo está usted?. Bien, bien... El verano pasado recuerdo que estuvo en el atasco con sus amigos y menuda juerga armaron con aquellas chicas inglesas... ja, ja, ja...
¡Chisssst! ¡calle Manolo que me he casado! en seis meses me ha “pescado” la Eleni... y aquí estamos esperando que nos dé la luz verde el dichoso atasco, para empezar a catar la miel.
Siguió mirando entre los coches Manolo y descubrió a Lucio. ¡Hombre, aquí hay novedades!, uno, dos, tres y cuaaatro ¡ha aumentado la familia! ¿eh?. Pues ya ve Manolo, un descuido sentimental que puede tener cualquier “menda”, contestó en tono castizo el “gato” madrileño Lucio, ya con éste se acabó la verbena y se clausura la expendeduría. Sonrió Manolo y continuó su recorrido.
En un seiscientos viajaban cuatro monjitas que regresaban a su convento. Una de ellas llamó a Manolo y le preguntó: señor ¿haría usted la caridad de dejarnos pasar al aseo?. Hermana de buen gusto lo haría, contestó el interrogado rascándose el cogote pues a Manolo siempre le picaba algo, pero... es que no tengo aseo. Y... ¿cómo se apañan ustedes?, preguntó la sor con curiosidad. De mala manera hermana, de mala manera... ¡ en el corral!. Las monjas se miraron entre ellas con un gesto de resignación, se santiguaron y contestaron: pues, ¡vaya por Dios! ¡ da igual! el caso es urgente, guíenos, por favor.
Cuando los demás vieron entrar a las monjas tan apuradas y salir sonrientes y aliviadas, le pidieron el mismo favor a Manolo y aquello se convirtió en una romería hacia el corral.
¡ El año que viene podrán ir a un aseo como Dios manda!, repetía María sin parar. Mientras, su madre se afanaba en llenar cucuruchos de rollitos de huevo y de anís, que tenía en reserva y que iba vendiendo a la salida de la “peregrinación”,
en el porche, debajo de la parra, donde empezaban a crecer los racimos de uva, justo al lado habían dos hermosas higueras que en esas fechas estaban cuajadas de higos en su punto de madurez y allí estaba la Curra dispuesta a no dejar a nadie meter mano a las susodichas higueras, gruñendo y enseñando sus afilados colmillos como un soldado más en su puesto.
Antes de la media noche empezó a “desatascarse el atasco” y a moverse la rueda humana.
Las gentes agradecidas se despedían casi con pesar, pues ya se habían hecho amigas de Manolo y su familia y agitaban sus manos con emoción y como despedida repetían: ¡hasta el año que viene, amigos, si Dios quiere! ¡Esperamos volver!. Adiós, adiós, contestaba la familia, ¡que vuelvan ustedes y que nosotros lo veamos!.
Contentos y felices entraron en su casa mientras cada vehículo seguía su destino. María comentaba en voz alta: este año el water, pero el año que viene compraremos la televisión, unos carros más cómodos para transportar la mercancía y para usted madre, un rosario nuevo con las cuentecicas de nácar. Eso, eso, repetía la anciana muy contenta.
Las mujeres se dispusieron a librar su batalla de orden y limpieza mientras el señor Manolo, el Gran Capitán de la batalla incruenta y con final feliz para todos, se derrumbaba en su hamaca del porche y poco a poco se serenaba y se iba quedando adormecido, mientras los grillos le cantaban su eterna canción ancestral, incitándole a bellos sueños de ilusión y felicidad y así acabó el día del gran atasco, musitando Manolo antes de dormirse su despedida: ¡hasta el próximo verano!, os espero con mi mercancía de primera, bocadillos caseros de la abuela y saludos de toda la familia, incluida la Curra, ¡guauuu...!. ¡SE ACABO!
Tina Jover Andrés
El señor Manolo se levantó de su siesta canturreando muy contento, pues por fin había llegado el gran día del año, “el día del gran atasco”, pues habían otros atascos durante las fiestas de junio, a final de agosto, etc., pero como este ¡nanay!, ninguno.
Se sentó en el porche, cogió sus viejos prismáticos cual si fuese el mismísimo Rommel y empezó su observación, pues no quería perderse ni un segundo de aquel magnífico espectáculo que iba a comenzar muy pronto.
Su pequeño chalecito quedaba a la orilla misma de la carretera. Desde su privilegiado mirador podía ver la ciudad a sus pies y el mar a lo lejos, majestuoso y tranquilo enviándole su refrescante brisa.
Qué Manolo, ¿cómo va la cosa? le preguntó María su mujer, que salió al exterior sudorosa y puesta de delantal, oliendo a tortilla de patatas.
¡Bien, dona, bien! contestó Manolo, mezclando castellano y valenciano (como aún a veces se sigue utilizando por estos lares).
El asunto empieza a animarse ¡ché! qué tarde nos espera.
Los botijos puesto en fila, a la fresca, como un ejercito a las ordenes de su general, esperaban limpios y relucientes. En una cesta de esparto, envueltos en papel de estraza, esperaban docenas y docenas de bocadillos de chorizo, mortadela y longaniza.
¡Qué chiqueta! ¿Están las tortillas preparadas?. ¡Claro hombre!, tengo hechas veinticuatro. ¿Hago más o qué?. A mi madre, pobreta, le salen chispas de las manos y de los ojos, de tanto pelar patatas, cebollas y batir huevos. ¿Cuándo material crees que hará falta?. No sé, respondió Manolo dudoso, rascándose las cejas pobladas e indomables.
En los años sesenta estaba en pleno auge el veraneo en la costa y Benidorm brillaba en la cresta de la ola. era lo más “in” lo más “chic”, en fin... prosigamos con la historia de aquel día del esplendoroso atasco.
Cuando a Manolo le confiscaron unos metros de su terreno para ensanchar un poco la carretera, estuvo maldiciendo tres días y tres noches sin parar, sin imaginarse el negocio que se le avecinaba, pues a mayor amplitud mayor número de coches para el atasco.
Las carretillas pintadas de color verde alfalfa también esperaban impacientes como carros de combate por entrar en acción.
¡María! que no se mezclen los botijos de agua sola con los que están “bautizaos” con anís, ordenaba Manolo sin levantarse de su hamaca, mientras su mujer corría de un lado a otro cual hormiga desenfrenada.
El verano pasado, recordaba Manolo, nos dio para arreglar la cocina, ¡ y qué “bonica” quedó la puñetera, con sus armarios de railite y su piedra de mármol. Aún recordaba no hacía muchos años, cuando vivían miserablemente de cuatro cabras viejas y unas cuantas verduras que cultivaba y que luego vendía por cuatro cuartos en un mercadillo.
Curra su vieja perrita dormitaba tranquila aunque con un ojo abierto y otro cerrado, parecía esperar la acción igual que su amo.
Manolo ensimismado pensaba: este año me pongo mi cuarto de baño bien moderno, con su ducha y su water de taza, que ya estoy harto de cagar en el agujero del corral, que uno no está ya para tanto levantarse y agacharse, y si no la agüela... que si orinal a estribor, que si orinal a babor...
La tarde caía y lo que antes era un amago de atasco ya se había convertido en un colapso total. ¡Tararí! ¡tararí!, se oyó la corneta imaginaria. Manolo pegó un salto de la hamaca, su mujer salió a su llamada, expectante y desencajada, atándose su nuevo delantal limpio y blanco y hasta la abuela salió como pudo, pero salió.
Manolo empezó a pasar una cuerda de color claro por las asas de los botijos “sobrios” y otra oscura por las de los botijos “achispaos”, para no equivocarse, y los fue cargando en la carretilla dedicada a la bebida. María daba el último toque a la cesta de los bocadillos y seguía a su marido. En la carretera, los coches hacía rato que habían parado los motores y habían puesto en marcha sus lenguas los conductores, y no para decir... ¡qué bonito paisaje!, ¡buenas tardes! ¿cómo está usted? al conductor del coche vecino... no, no, sino para maldecir su suerte, al ministro de Fomento y Transporte, y hasta al que había echado la gravilla en la carretera.
A las ocho de la tarde aquello era un caos, un desmadre, una histeria colectiva, una desesperación en masa; allí estaba Gabino con su pequeña furgoneta cargada hasta los topes de gallinas y huevos; D.José con su familia, mujer, hijos, suegra y Pancho el gatito color canela que llevaban a todas partes. la caravana un poco destartalada del grupo pop: “Los pavos locos de Algete”, que por fin habían conseguido una gala en Benidorm esa noche y que veían que se les escapaba el sueño de su vida.
La mujer de D.José repetía sin cesar¸cual loro de ultramar: ¡Pepe, haz algo, Pepe haz algo!, los crios están desesperaos y mi madre ya no puede aguantar más. ¡ Pepeeee, por Dios, haz algo!
En un coche iba una pareja de recién casados, impacientes por empezar su luna de miel, también se veía un autobús lleno de polvo con una pancarta en la parte delantera en la que se leía “Rincón gastronómico Atascaburras” (famoso y nutritivo plato típico manchego), que iban de excursión al mar, cansados de cantar lo de conductor, acelera, acelera y el Asturias Patria querida. Todo el atasco en general sediento y con una gazuza más que regular. Y en ese momento... ¡ tachín, tachín!, ¡arriba el telón! ..., apareció Manolo con su carretilla y su sonrisa de oreja a oreja, cual si fuese montado triunfante en su cuadriga romana, con su plumero y capita plateada. Empezó a pregonar su mercancía: ¡ buenas tardes señores atascados, tengo bocadillos variados, chorizo, tortilla, mortadela, “llonganisa”, agua fresquita, anís paloooomaaa...
Bueno, aquello fue visto y no visto, el primer turno de mercancía desapareció en cinco minutos, la gente compraba los bocadillos al precio que pedía Manolo, sin rechistar, bebía de los botijos “a trago” que controlaba María. La abuela venía detrás de su hija repartiendo trozos de papel basto para que se limpiasen las manos y al final cerrando el cortejo, Curra la perrita, llevando un cestillo colgado al cuello para las propinas, con un letrero que decía: ¡San Cristóbal les proteja. Gracias!.
Se acabaron las reservas de la casa y casi toda el agua del pozo. Los ánimos se calmaron un poco y entonces comenzó la labor de relaciones públicas de Manolo, exultante con sus bolsillos llenos, empezando a pasearse entre el atasco. Allí estaba Cosme el solista de Algete que ensayaba a toda voz el estribillo de su canción estelar y al ver a Manolo paró su ensayo y le espetó: Maestro, ¿no tendrá por ahí un poco de vinillo de la tierra?, tengo la garganta más seca que una mojama y así no puedo trabajar. Sí hombre eso está hecho, ¡María saca la bota con vino de La Condomina!. Cosme bebió un buen trago y exclamó: esto es gloria Manolo, ¡bóbilis de ángel que digo yo!, muy agradecido, me ha salvao usted el gaznate, ahora solo falta llegar a tiempo y poder actuar.
Siguió Manolo su paseo y descubrió a los recién casados. ¡Hombre! ¿usted es Julián, no? Claro Manolo ¿cómo está usted?. Bien, bien... El verano pasado recuerdo que estuvo en el atasco con sus amigos y menuda juerga armaron con aquellas chicas inglesas... ja, ja, ja...
¡Chisssst! ¡calle Manolo que me he casado! en seis meses me ha “pescado” la Eleni... y aquí estamos esperando que nos dé la luz verde el dichoso atasco, para empezar a catar la miel.
Siguió mirando entre los coches Manolo y descubrió a Lucio. ¡Hombre, aquí hay novedades!, uno, dos, tres y cuaaatro ¡ha aumentado la familia! ¿eh?. Pues ya ve Manolo, un descuido sentimental que puede tener cualquier “menda”, contestó en tono castizo el “gato” madrileño Lucio, ya con éste se acabó la verbena y se clausura la expendeduría. Sonrió Manolo y continuó su recorrido.
En un seiscientos viajaban cuatro monjitas que regresaban a su convento. Una de ellas llamó a Manolo y le preguntó: señor ¿haría usted la caridad de dejarnos pasar al aseo?. Hermana de buen gusto lo haría, contestó el interrogado rascándose el cogote pues a Manolo siempre le picaba algo, pero... es que no tengo aseo. Y... ¿cómo se apañan ustedes?, preguntó la sor con curiosidad. De mala manera hermana, de mala manera... ¡ en el corral!. Las monjas se miraron entre ellas con un gesto de resignación, se santiguaron y contestaron: pues, ¡vaya por Dios! ¡ da igual! el caso es urgente, guíenos, por favor.
Cuando los demás vieron entrar a las monjas tan apuradas y salir sonrientes y aliviadas, le pidieron el mismo favor a Manolo y aquello se convirtió en una romería hacia el corral.
¡ El año que viene podrán ir a un aseo como Dios manda!, repetía María sin parar. Mientras, su madre se afanaba en llenar cucuruchos de rollitos de huevo y de anís, que tenía en reserva y que iba vendiendo a la salida de la “peregrinación”,
en el porche, debajo de la parra, donde empezaban a crecer los racimos de uva, justo al lado habían dos hermosas higueras que en esas fechas estaban cuajadas de higos en su punto de madurez y allí estaba la Curra dispuesta a no dejar a nadie meter mano a las susodichas higueras, gruñendo y enseñando sus afilados colmillos como un soldado más en su puesto.
Antes de la media noche empezó a “desatascarse el atasco” y a moverse la rueda humana.
Las gentes agradecidas se despedían casi con pesar, pues ya se habían hecho amigas de Manolo y su familia y agitaban sus manos con emoción y como despedida repetían: ¡hasta el año que viene, amigos, si Dios quiere! ¡Esperamos volver!. Adiós, adiós, contestaba la familia, ¡que vuelvan ustedes y que nosotros lo veamos!.
Contentos y felices entraron en su casa mientras cada vehículo seguía su destino. María comentaba en voz alta: este año el water, pero el año que viene compraremos la televisión, unos carros más cómodos para transportar la mercancía y para usted madre, un rosario nuevo con las cuentecicas de nácar. Eso, eso, repetía la anciana muy contenta.
Las mujeres se dispusieron a librar su batalla de orden y limpieza mientras el señor Manolo, el Gran Capitán de la batalla incruenta y con final feliz para todos, se derrumbaba en su hamaca del porche y poco a poco se serenaba y se iba quedando adormecido, mientras los grillos le cantaban su eterna canción ancestral, incitándole a bellos sueños de ilusión y felicidad y así acabó el día del gran atasco, musitando Manolo antes de dormirse su despedida: ¡hasta el próximo verano!, os espero con mi mercancía de primera, bocadillos caseros de la abuela y saludos de toda la familia, incluida la Curra, ¡guauuu...!. ¡SE ACABO!
Tina Jover Andrés
EL TRANVIA Nº6
Hoy, uno de agosto de mil novecientos noventa y tantos, me he despertado muy temprano, o para ser más exacta, no he dormido casi. Como todos los años, en esta fecha comienzan mis vacaciones y también mi viaje hacia el mar, a encontrarme con mi adorado Alicante. Perdón, con la emoción no me he presentado, me llamo Alicia, soy alicantina aunque vivo en Madrid desde hace bastantes años.
Visito mucho mi ciudad natal (siempre que puedo), que ahora es bastante, ya que tengo menos obligaciones y eso, a mis cincuenta y tantos años empieza a sentar bien al cuerpo.
Alejandro (ese es mi marido), hace rato que ya está en pié y desde la cocina me llama recordándome que tenemos un viaje por delante y que nos va a pillar alguien tan desagradable como don atasco. Cargamos los bártulos en el coche y... ¡hala! hacia el mar. Poco a poco ya en la carretera voy observando a los demás coches, casi todos repletos de hijos, suegras, perros y demás familia. Nosotros también llevamos a Bruno, nuestro querido perrito que desde que nació nos llena de alegría y ternura.
Poco a poco el suave vaivén del coche me va adormeciendo y surgen en mi mente como duendecillos traviesos recuerdos de mi infancia, siempre en la misma y querida, ya, vieja casa de mis padres. Nací en ella y muchas de mis vivencias han transcurrido allí. Recuerdo el tecleo de la máquina de escribir de mi padre, el tris-tras de la Singer de mi madre, siempre con alguna prenda que coser y cómo no, el traqueteo del tranvía que pasaba a escasos metros de mi casa.
En invierno las calles se embarraban en cuanto caían cuatro gotas y en verano aquellas tertulias de vecinos siempre con el botijo lleno de agua fresquita con unas gotas de anís, para aliviar los gaznates de tanta cháchara y alguna risa que otra, mientras de algún patio cercano nos llegaba el aroma de algún jazminero mezclado con el olor a sardinas fritas de la cena familiar.
Mi calle estaba compuesta casi toda de plantas bajas, solamente existían dos o tres de dos alturas (contando la mía) y desembocaba junto al camino de entrada del Benacantil. ¡Cuantos recuerdos vienen a mi mente situados en mi querido castillo!. Siendo yo muy pequeña me llevaba mi madre en verano a merendar a una de sus laderas, muy frondosa entonces, donde llegaba la brisa del mar y nos envolvía la frescura de la pinada. Acudían madres con sus niños, gente mayor y algunos enfermos con su hamaca bajo el brazo buscando alivio a sus deteriorados pulmones, secuela de la guerra recién sufrida.
Por la noche, lo último que escuchaba antes de dormir era el monótono ruido del tranvía y lo primero que volvía a oír al despertar. Casi todas las casas tenían gallinero en el patio trasero y al amanecer, el “quiquiriquí” de los gallos, algunas veces me despertaba y escalofriaba, pues en la madrugada me sonaban a gritos misteriosos o lamentos del más allá, (siempre he sido muy imaginativa), además de molestar mi plácido sueño.
Éramos una familia de clase media, mi padre era representante de comercio y mi madre una gran y sufrida ama de casa. Cuando yo tenía cuatro años nació mi hermano Pablo (menuda pieza), un niño despierto y muy travieso y el azote de mi adolescencia, siempre “chinchándome” y espiando mis actos para cogerme en falta y ejercer ante mis padres de chivato, que era lo que más le divertía.
Como en todos los barrios, los críos jugábamos en la calle por las tardes al salir de la escuela, hasta que las madres nos llamaban a voces desde la ventana para cenar. Bueno, las veces que me peleaba con los chicos incluso mayores que yo por culpa de mi hermano eran incontables, ¡menudo era Pablito!. Rara era la tarde que terminaba bien el juego; siempre llevaba las rodillas llenas de heridas, sietes en el pantalón y los codos rojos como un rábano, encima el muy “desgraciao” medía sus fuerzas casi siempre con chavales mayores que él, con lo cual llegábamos a casa los dos como si viniésemos de una batalla y como colofón teniendo que soportar las iras de mi madre, o sea, algún zapatillazo o cachete, ¡por salvajes!, como decía ella.
Los recuerdos van acudiendo a mi mente dulcemente, miro por la ventanilla del coche y el paisaje manchego desfila vertiginosamente ante mis ojos semicerrados. Bruno duerme plácidamente y mi marido tararea bajito el Libre de Nino Bravo y me sumerjo de nuevo en mis recuerdos, hasta llegar al verano del cincuenta y ocho. Tenía entonces dieciocho años y aquel día uno de agosto comenzaban mis vacaciones. Había finalizado mis estudios de secretariado, taquigrafía, mecanografía, correspondencia... en fin, lo que se estudiaba para acceder a una oficina, cosa que esperaba ponerme en ello después de las vacaciones. Lo primero que escuché aquel feliz día (aparte del familiar ruido del tranvía, claro) fueron los maullidos de Trigo, nuestro gatito (sufridor el pobre de mi “encantador” hermano) que aunque ya tenía catorce años seguía siendo un poco “cafre”. Mi madre le regañaba por no se qué, y él decía que no le había hecho nada al gato. Sonó el teléfono y al momento mi madre me llamó: ¡Alicia al teléfono!, te llama Rosario; Aquí tengo que hacer dos presentaciones más: Rosario junto con Anita eran mis dos amigas del alma, la primera era alta y recia y con un gran carácter por lo cual a veces yo le decía para enfadarla ¡mi sargento!, pero también tenía su corazoncito tierno y era leal y comprensiva. Anita era otra cosa, un poco tímida, menuda, delgada, con la sonrisa siempre a punto... era el complemento ideal de Rosario y luego estaba yo, a medio camino entre una y otra pero con un don especial para convencerlas y terminar haciéndose lo que yo proponía; ¡Hola Charo, (Rosario odiaba que la llamase así), hola Alicia, (no me llames Charo, so tonta), en quince minutos estamos ahí así que desayuna “deprisita” y coge la toalla que nos espera el inmenso mar...
Rosario tenía la misma edad que yo, nos conocíamos desde párvulos y éramos como hermanas. Las dos vivían en Carolinas frente a la iglesia de San José, a diez minutos de mi casa, así que me puse enseguida en movimiento. Media hora después estábamos bajando del tranvía en la Explanada. Era un día laborable pero así y todo había mucho movimiento hacia la playa. Pasamos por delante de los balnearios y nos dirigimos a la orilla del mar. El Postiguet estaba bastante concurrido así que llegamos hasta cerca del Cocó, buscando un sitio que nos gustase. ¡Mirar, allí al lado de aquel chico de la toalla roja hay un buen hueco!, propuse. Aquel chico de la toalla roja era Cosme, la persona que iba a ser mi primer amor y que haría de aquel verano algo muy especial para mí.
Nos dirigimos alocadamente hacia el apetecido hueco y al pasar junto a Cosme que estaba tumbado boca abajo sobre su toalla, lo llenamos de arena hasta el cogote. ¡Pero bueno!, protestó él, tener un poco más de cuidado que ya sois mayorcitas. Avergonzadas le pedimos disculpas y por primera vez nuestras miradas se cruzaron. Un poco “cortadas”, extendimos las toallas y nos quitamos la ropa. Cosme se había sentado y estaba leyendo un libro, corría una brisa un poco agitada y el sol no lucía con todo su esplendor.
El mar está bastante rizado, dijo Rosario, observando el horizonte cual curtido lobo de mar. ¡Qué va! está el agua buenísima, contesté yo por el puro placer de contrariarla, vamos ya adentro. Fijé la vista en Cosme y le dije: por favor, ¿puedes echar un vistazo a nuestras cosas mientras nos bañamos?, claro, si piensas quedarte un rato por aquí.
No te preocupes maja, haré de guardián.
Solo serán diez minutos, más no aguanto el baño... ¡ah! me llamo Alicia... y yo Cosme, contestó él sonriente.
Dicho esto eché a correr hacia el mar mientras observaba de reojo como él me seguía con la mirada. Qué chico más estupendo, pensé, y acto seguido me tiré de cabeza sobre una ola que venía a morir a la orilla, tan tranquila ella.
Lo que ocurrió después fue bastante rápido y agobiante, las tres amigas jugábamos divertidas, chapuzón viene, chapuzón va, hasta que de pronto nos vimos arrastradas por una marea que nos llevaba hacia dentro, no hacíamos pié y por más que intentábamos salir no nos movíamos del sitio. Voy a pedir ayuda, dijo Rosario, que al ser la más fuerte de las tres logró nadar hacia la orilla. Anita y yo nos quedamos apoyándonos una con la otra y pidiendo socorro a grito pelado. Así estuvimos unos segundos que a nosotras se nos hicieron eternos, hasta que notamos unos brazos que nos intentaban sujetar, a pesar de que movíamos los nuestros cual aspas de molino enloquecidas. Luego me enteré que entraron a salvarnos tres chicos y que nos recogió la barca de remos que entonces ponía al servicio de los bañistas el Ayuntamiento, como socorrismo.
Ya en la orilla tumbada sobre mi toalla tratando de calmarme, me di cuenta de que uno de los salvadores había sido Cosme. ¡Uff!...dije, sin poder aún respirar con normalidad, vaya mañanita de playa que te estamos dando. No te preocupes ya ha pasado todo, contestó, ahora a descansar un poco.
¿Ves como estaba el mar peligroso, puñetera?, decía Rosario con su voz de trueno. Un poco más tarde con los ánimos ya calmados y el estómago capaz de engullir nuestros respectivos bocadillos, mis amigas se fueron a dar un paseo por la orilla. Yo me quedé a solas con Cosme que encendió un cigarrillo para apagarlo inmediatamente. No debo fumar, me lo ha prohibido el médico pero llevo la cajetilla por costumbre aunque el hábito me hace encender el cigarrillo, pero no ocurre nada, dijo sin convicción, sólo me produce tos. ¡Ah!... ya, dije, sin saber qué contestar.
Comenzamos a hablar, notamos que entre nosotros existía un buen rollo como decimos ahora. Él era de Zaragoza, bueno de un pueblo muy cercano a la capital. Su padre era agricultor, poseía unas tierras plantadas de frutales y huertas que cuidaba junto a sus hijos, dos hermanos de Cosme y él mismo. Vivian en un caserón antiguo junto a la plantación, con su madre y su tía que cuidaban de la casa.
Y... ¿dónde has aprendido tú a nadar?. En la balsa de regadío que es muy grande, no creas, contestó sonriendo divertido. Seguimos hablando y hablando hasta que llegaron mis amigas de su paseo y escuché la voz marimandona de Rosario: Alicia vístete que nos vamos ¿ya es hora, no?. Me vestí y nos despedimos de Cosme ¿vendréis mañana? dijo mirándome. Si claro, contesté, mañana estaremos aquí a la misma hora y en el mismo sitio... ¡ah! y muchas gracias por salvarnos la vida. No ha sido para tanto, yo solamente he ayudado, no soy un experto nadador de mar, solamente sé chapotear en la balsa de regadío, bromeó. Nos dimos la mano y nos separamos.
Ni que decir tiene que al día siguiente volvimos al mismo sitio, no sin antes convencer a la férrea Rosario y pasar de sus suspicacias diciendo que si iba a estropear las vacaciones de las tres o si íbamos a tener “Cosme” hasta en la sopa .
Anita era de pocas palabras pero acertadas y sentenció: habéis recibido un flechazo y te has enamorado del playero ese. ¡Anda la tonta! dijo Rosario, pero, ¿tú quién te crees que eres, la Corín Tellado?. Entre dimes y diretes pasaron dos días más de tertulia entre Cosme y yo. Las cosas estaban cada vez más claras entre nosotros y más tensas con mis amigas.
Aquella mañana cuando llegó la hora de regresar a casa y a la orden de Rosario: ¡vámonos!, ya es hora ¿no?, contesté con un hilillo de voz: ir delante vosotras que yo me quedo un ratito más, a lo que él se apresuró a contestar: yo le acompaño luego al tranvía, no os preocupéis. Si las miradas mataran el pobre Cosme habría caído fulminado y echando humo por todos sus poros. ¡Está bien, ahí te quedas!, dijo, pero con una mirada de... ¡ya hablaremos tu y yo!.
Nos quedamos los dos solos casi sin saber que decirnos, yo con el pié iba haciendo surcos en la arena y él miraba hacia el mar fijamente. ¿Cómo es que has venido de vacaciones tú sólo? le pregunté. Me miró a los ojos y contestó: no conocía el mar y decidí hace unos días descubrirlo, pero yo sólo, con tranquilidad, sin planes y prisas de amigos, sumergirme en él cuantas veces quisiera y estar horas contemplándolo. No creo que sea buena mi compañía para ti en este caso ¿no crees?. Me miró intensamente y sonriendo me contestó: tú eres mi gran sorpresa y el regalo maravilloso de tu compañía lo mejor de estas vacaciones. Quisiera pedirte que saliésemos juntos los días que yo pueda permanecer aquí, si aceptas los estiraré todo lo que pueda. Acepto, contesté muy seria y ahora cumple tu promesa y acompáñame al tranvía que se ha hecho muy tarde. ¿No podríamos comer juntos? apuntó, el restaurante del hotel tiene muy buena pinta. Otro día, no corras tanto, de momento espérame hoy en la parada a las seis.
Mientras el renqueante tranvía me llevaba hacia mi casa me sentí extrañamente contenta, invadida por un sentimiento hasta entonces desconocido, emocionada y feliz. La brisa que entraba por la ventanilla aliviaba el calor que sentía ( y no solamente por la quemazón del sol playero), era algo más... Cosme de pronto me resultaba tan cercano como si le conociese de toda la vida. Tenía veinticuatro años, era guapo..., bueno, más que guapo atractivo, simpático, alto (en aquella época medir 1,75 ya era ser alto), cabello castaño y más bien delgado. Sus ojos marrones querían ser alegres, pero tenían un fondo de tristeza y trasmitían una serena melancolía. ¡Madre mía! exclamé sin darme cuenta en voz alta ¿tendrá razón Anita?.
En aquel tiempo, a los dieciocho años (las chicas sobre todo), éramos aún adolescentes y entrábamos en el amor de puntillas. No decíamos como ahora: oye tía, qué bueno está este tío, tiene un culito debuten, etc. Sino, ¡qué guapo es Antonio!, voy a ver si esta tarde me cruzo con él en la Explanada y me mira, ¡el domingo en el guateque seguro que me conquisto a Luis! y otras lindezas parecidas, aunque bien es verdad que nos arrimábamos al bailar Only you (si nos gustaba el chaval, claro), y por dentro... ¡estallábamos!. En realidad viene a ser lo mismo pero en otro “idioma” generacional.
Pues bien, tuve que convencer a mis amigas, sobre todo a Rosario que me culpaba de abandonarlas en plenas vacaciones. Les dije que me gustaba mucho Cosme que ellas eran dos y por tanto podían salir igualmente sin mí y además él se iba a marchar el día quince, luego nos quedaban muchos días más de vacaciones para ir a la playa, al cine, pasear e irnos unos días al pueblo de los abuelos de Anita.
Al final cedieron y reconocieron que llevaba razón, nos dimos un beso y tan amigas.
A partir de ese día salimos juntos mañana, tarde y noche no, porque a las diez había que estar en casa. Por las mañanas nuestras raciones prolongadas de playa y por las tardes me dediqué a mostrarle los rincones típicos y entrañables de la ciudad. Estuvimos en Santa Cruz, subiendo hasta la ermita, en el panteón de Quijano (un oasis de paz en medio de la ciudad), el paseito Ramiro, el parque de Canalejas etc... Un día fuimos a Benidorm en el “trenet”. Cosme quedo encantado con aquel pueblo de pescadores tan pintoresco, que comenzaba a poner los cimientos de su “hecatombe” actual.
Nuestra relación era tranquila y romántica, con algún beso y “achuchón” que otro (sin llegar a palabras mayores ¿eh?). ¡Menudos tiempos!... te podía amonestar hasta la guardia civil si te veían besándote cuando estabas tan tranquilo sentado en un banco debajo de una palmera.
Él me decía cosas como: eres brillante y tierna como una estrella reflejándose en el mar. Yo riendo le contestaba: ¡vaya! ¿Eres poeta además de agricultor?. Puede ser, siempre queda tiempo para leer o escribir poesía. En el campo los días son muy largos y entre la recogida de los tomates y la siembra de las patatas queda un hueco que yo aprovecho para culturizarme un poco. Soy tu enamorado y estoy seguro que has aparecido este verano tan especial para mí como un ángel bello y travieso, continuaba, para “chincharme” un poco. Riéndome le contesté, pues este ángel tiene sed, vamos a tomar una horchata aquí mismo en el Peret. Esto es “bóbilis de ángel” decía Cosme refiriéndose a la horchata, ¿Bóbilis de qué?. De ángel como tú, o sea, cosa buena.
Así iban pasando los días. En mi casa se extrañaban de que mis amigas no pasasen a recogerme. Les dije que nos reuníamos en la parada del trole para adelantar. Aquello coló y no volvieron a preguntarme, pero el “venao” de mi hermano metía la pata y decía en voz alta: eso es que tiene novio, que tiene novio y no quiere decirlo. ¡Calla enclenque con gafas, contestaba yo airada!. ¿Y tú? que tienes patitas de alambre. Ya te vigilaré y me enteraré, respondía furioso.
Ahora recuerdo que yo hablaba mucho del porvenir, mientras Cosme se dedicaba a mantenerse en el presente. Aplazó su vuelta a casa un par de días más, nos angustiaba tener que separarnos, es más, evitábamos hablar del momento que fatalmente tenía que llegar. Te quiero, me decía, serás siempre mi amor hasta la eternidad. ¡Qué trascendente eres, hijo! Y tú, mi amor de tierra adentro, o sea, de secano, le decía para “picarle” y terminar riendo los dos.
Llegó la víspera de su marcha, diecisiete de agosto. Le insistí en subir a lo alto del Castillo de Santa Bárbara, refiriéndole entusiasmada el panorama tan maravilloso que se divisaba desde allí. Se resistió un poco pero al final accedió. Eran las seis de la tarde y el sol aún caía con fuerza. Mira, esa es mi casa, le comentaba, qué bien se ve desde aquí... la fábrica de tabacos... la plaza de toros... Cosme sonreía y atendía mis indicaciones `por complacerme, pero al mirarle noté que estaba un poco pálido, respiraba con alguna dificultad y le propuse: vamos a acercarnos al mirador del “cortao” así descansamos un poco, allí corre un aire muy fresco y da algo de sombra. Así lo hicimos y una vez sentados en un banco Cosme un poco avergonzado me dijo: llevo arrastrando desde este invierno pasado una bronquitis mal curada y aunque yo creía que me encontraba ya bien, me estoy dando cuenta que no es así. Perdóname sirenita (me llamaba a veces así) pero parezco un viejo. ¡No hombre, no! le animé, en realidad hace mucho calor aún, no debíamos de haber subido tan pronto. Qué bonita se ve la ciudad desde aquí, qué suerte tienes de vivir junto al mar. Tienes razón, contesté, el mar es parte de mi vida; los alicantinos, cuando decidimos dar un paseo, salimos de casa y sin pensarlo siquiera, dirigimos nuestros pasos hacia el puerto ó la playa, necesitamos su olor y escuchar su mensaje. Al cabo de unos minutos, exclamó ya más animado: si quieres seguimos adelante, yo ya me he recuperado. No, déjalo, yo también estoy un poco cansada, le mentí, y total desde la cumbre se ve casi lo mismo que desde aquí, nada más que un poco más alto.
La tarde era serena y perfecta, y una suave brisa empezó a refrescar el ambiente. Fuimos bajando por el camino hasta el principio.
Alicia, parece mentira que en tan pocos días nuestra relación sea tan sólida y nos conozcamos tan bien, te quiero mucho y me horroriza pensar que termine aquí esta historia. ¿Por qué dices eso?. si acaba de empezar, también yo te quiero mucho. Nos apretamos las manos y me empeñé en acompañarle hasta el hotel. Fuimos andando cuesta abajo y paseamos por la orilla del mar un buen rato. Me gustaría despedirte mañana en la estación. No, no, sería muy duro, prefiero que lo hagamos ahora, además el tren sale muy temprano.
Llegamos a la parada del tranvía, nos abrazamos y besamos ante las miradas curiosas de la gente que allí se encontraba y nos separamos con lágrimas en los ojos, pero sonriendo.
Cuando poco a poco lo fui perdiendo de vista me sentí mal, con el presagio de que jamás volvería a verle.
Las vacaciones siguieron con mis amigas pero nada fue igual, no quise arrinconarme en mi casa y seguí saliendo, sin alegría pero con esperanza. Septiembre me trajo mi primer empleo en las oficinas de una compañía de seguros y eso me ayudó un poco a no pensar todo el día en nuestra separación forzosa. Todos los días preguntaba a mi madre si había recibido una llamada telefónica, pero siempre la respuesta era negativa.
En Octubre tampoco ocurrió nada, cada vez me encontraba más decaída, sobre todo los fines de semana, aquellos domingos que siempre me habían resultado divertidos, ahora el cine y el paseo por la Rambla me resultaban aburridos y tristes. Mis amigas intentaban animarme pero yo no dejaba de pensar por qué Cosme no había querido darme ni su teléfono ni su dirección. Cuando se lo pregunté antes de marcharse dijo que quería darme una sorpresa en cuanto se encontrase bien de salud.
Llegó Noviembre con las castañeras en las esquinas y el D. Juan Tenorio que se representaba por aquellas fechas en el teatro Principal. A mitad de mes, un día frío y lluvioso, cuando regresé a casa a mediodía me entregó mi madre una carta que había llegado a mi nombre. El corazón empezó a latirme fuerte y desordenadamente, me encerré en mi habitación y estuve unos minutos sin tocar la carta. Cuando al final me armé de valor, la abrí y la leí, caí en la cama sin fuerzas y se apoderó de mí una angustia impotente y negra que me dejó anulada. El membrete de la carta tenía fecha del dos de octubre pero el matasellos del sobre era del catorce de noviembre. No hace falta que refiera el contenido de tan triste misiva. Cosme, mi querido Cosme, la había escrito con antelación y se la entregó a su madre para que me la enviase a mí si se cumplían sus temores. Su despedida eran cuatro líneas sencillas que jamás olvidaré y hoy todavía conservo la carta entre mis reliquias más queridas.
Por primera vez sentí que la vida empezaba a pasarme factura, que no todo era juventud, alegría e ilusión, que existía un dolor que hasta entonces no conocía y que ese lluvioso día de Noviembre iba a quedar grabado en mi alma para siempre.
Poco a poco su recuerdo fue suavizándose, a veces me consolaba pensar que estaría en una playa soleada y tranquila y que alguna vez nos volveríamos a ver, como aquella mañana de verano donde nos encontramos por primera vez.
Pasaron las Navidades, muy tristes para mí, siempre arropada por mis amigas, mis padres y hasta Pablito me ayudó. Cómo me vería, para abrazarme y besarme de vez en cuando.
Comenzó 1959 y un día de Semana Santa conocí a Alejandro. Tuvo mucha paciencia conmigo pues aún me encontraba muy “tocada”, pero puedo asegurar que aún teniendo una herida de amor sin cicatrizar, te puedes volver a enamorar, a mí me ocurrió y hasta la fecha sigo estando enamorada pero siempre, siempre, mientras viva, tendré un rinconcito dentro de mí para Cosme, mi amor de tierra adentro.
Ya no existe ni el tranvía ni las tertulias vecinales de jazmines y botijo, ni Machín cantando sin parar por la radio, aquel Alicante íntimo y tranquilo sólo queda en la mente de quien lo vivimos pero siempre guardaré un recuerdo especial de aquel inolvidable verano del cincuenta y ocho, de mar azul, noches estrelladas, dulces descubrimientos y también de amargos presagios.
¡Mira Alicia!. Ya se ve el mar, la voz de Alejandro me saca de mis pensamientos, mis recuerdos no terminan aquí pero sí este viaje, mi trayecto hasta la actualidad fue bastante movido pero eso ocuparía otro relato y no precisamente corto. Vuelvo a oír la voz de Alejandro repitiendo: ¡Alicia, ya se ve el mar! . Miro y ahí está... alfombrando la silueta majestuosa del castillo. Sí, ya se ve el mar, contesto con emoción..... ya estamos en casa.
Tina Jover
Enviado miércoles 6-2-2008 a Diorama de Alicante
Visito mucho mi ciudad natal (siempre que puedo), que ahora es bastante, ya que tengo menos obligaciones y eso, a mis cincuenta y tantos años empieza a sentar bien al cuerpo.
Alejandro (ese es mi marido), hace rato que ya está en pié y desde la cocina me llama recordándome que tenemos un viaje por delante y que nos va a pillar alguien tan desagradable como don atasco. Cargamos los bártulos en el coche y... ¡hala! hacia el mar. Poco a poco ya en la carretera voy observando a los demás coches, casi todos repletos de hijos, suegras, perros y demás familia. Nosotros también llevamos a Bruno, nuestro querido perrito que desde que nació nos llena de alegría y ternura.
Poco a poco el suave vaivén del coche me va adormeciendo y surgen en mi mente como duendecillos traviesos recuerdos de mi infancia, siempre en la misma y querida, ya, vieja casa de mis padres. Nací en ella y muchas de mis vivencias han transcurrido allí. Recuerdo el tecleo de la máquina de escribir de mi padre, el tris-tras de la Singer de mi madre, siempre con alguna prenda que coser y cómo no, el traqueteo del tranvía que pasaba a escasos metros de mi casa.
En invierno las calles se embarraban en cuanto caían cuatro gotas y en verano aquellas tertulias de vecinos siempre con el botijo lleno de agua fresquita con unas gotas de anís, para aliviar los gaznates de tanta cháchara y alguna risa que otra, mientras de algún patio cercano nos llegaba el aroma de algún jazminero mezclado con el olor a sardinas fritas de la cena familiar.
Mi calle estaba compuesta casi toda de plantas bajas, solamente existían dos o tres de dos alturas (contando la mía) y desembocaba junto al camino de entrada del Benacantil. ¡Cuantos recuerdos vienen a mi mente situados en mi querido castillo!. Siendo yo muy pequeña me llevaba mi madre en verano a merendar a una de sus laderas, muy frondosa entonces, donde llegaba la brisa del mar y nos envolvía la frescura de la pinada. Acudían madres con sus niños, gente mayor y algunos enfermos con su hamaca bajo el brazo buscando alivio a sus deteriorados pulmones, secuela de la guerra recién sufrida.
Por la noche, lo último que escuchaba antes de dormir era el monótono ruido del tranvía y lo primero que volvía a oír al despertar. Casi todas las casas tenían gallinero en el patio trasero y al amanecer, el “quiquiriquí” de los gallos, algunas veces me despertaba y escalofriaba, pues en la madrugada me sonaban a gritos misteriosos o lamentos del más allá, (siempre he sido muy imaginativa), además de molestar mi plácido sueño.
Éramos una familia de clase media, mi padre era representante de comercio y mi madre una gran y sufrida ama de casa. Cuando yo tenía cuatro años nació mi hermano Pablo (menuda pieza), un niño despierto y muy travieso y el azote de mi adolescencia, siempre “chinchándome” y espiando mis actos para cogerme en falta y ejercer ante mis padres de chivato, que era lo que más le divertía.
Como en todos los barrios, los críos jugábamos en la calle por las tardes al salir de la escuela, hasta que las madres nos llamaban a voces desde la ventana para cenar. Bueno, las veces que me peleaba con los chicos incluso mayores que yo por culpa de mi hermano eran incontables, ¡menudo era Pablito!. Rara era la tarde que terminaba bien el juego; siempre llevaba las rodillas llenas de heridas, sietes en el pantalón y los codos rojos como un rábano, encima el muy “desgraciao” medía sus fuerzas casi siempre con chavales mayores que él, con lo cual llegábamos a casa los dos como si viniésemos de una batalla y como colofón teniendo que soportar las iras de mi madre, o sea, algún zapatillazo o cachete, ¡por salvajes!, como decía ella.
Los recuerdos van acudiendo a mi mente dulcemente, miro por la ventanilla del coche y el paisaje manchego desfila vertiginosamente ante mis ojos semicerrados. Bruno duerme plácidamente y mi marido tararea bajito el Libre de Nino Bravo y me sumerjo de nuevo en mis recuerdos, hasta llegar al verano del cincuenta y ocho. Tenía entonces dieciocho años y aquel día uno de agosto comenzaban mis vacaciones. Había finalizado mis estudios de secretariado, taquigrafía, mecanografía, correspondencia... en fin, lo que se estudiaba para acceder a una oficina, cosa que esperaba ponerme en ello después de las vacaciones. Lo primero que escuché aquel feliz día (aparte del familiar ruido del tranvía, claro) fueron los maullidos de Trigo, nuestro gatito (sufridor el pobre de mi “encantador” hermano) que aunque ya tenía catorce años seguía siendo un poco “cafre”. Mi madre le regañaba por no se qué, y él decía que no le había hecho nada al gato. Sonó el teléfono y al momento mi madre me llamó: ¡Alicia al teléfono!, te llama Rosario; Aquí tengo que hacer dos presentaciones más: Rosario junto con Anita eran mis dos amigas del alma, la primera era alta y recia y con un gran carácter por lo cual a veces yo le decía para enfadarla ¡mi sargento!, pero también tenía su corazoncito tierno y era leal y comprensiva. Anita era otra cosa, un poco tímida, menuda, delgada, con la sonrisa siempre a punto... era el complemento ideal de Rosario y luego estaba yo, a medio camino entre una y otra pero con un don especial para convencerlas y terminar haciéndose lo que yo proponía; ¡Hola Charo, (Rosario odiaba que la llamase así), hola Alicia, (no me llames Charo, so tonta), en quince minutos estamos ahí así que desayuna “deprisita” y coge la toalla que nos espera el inmenso mar...
Rosario tenía la misma edad que yo, nos conocíamos desde párvulos y éramos como hermanas. Las dos vivían en Carolinas frente a la iglesia de San José, a diez minutos de mi casa, así que me puse enseguida en movimiento. Media hora después estábamos bajando del tranvía en la Explanada. Era un día laborable pero así y todo había mucho movimiento hacia la playa. Pasamos por delante de los balnearios y nos dirigimos a la orilla del mar. El Postiguet estaba bastante concurrido así que llegamos hasta cerca del Cocó, buscando un sitio que nos gustase. ¡Mirar, allí al lado de aquel chico de la toalla roja hay un buen hueco!, propuse. Aquel chico de la toalla roja era Cosme, la persona que iba a ser mi primer amor y que haría de aquel verano algo muy especial para mí.
Nos dirigimos alocadamente hacia el apetecido hueco y al pasar junto a Cosme que estaba tumbado boca abajo sobre su toalla, lo llenamos de arena hasta el cogote. ¡Pero bueno!, protestó él, tener un poco más de cuidado que ya sois mayorcitas. Avergonzadas le pedimos disculpas y por primera vez nuestras miradas se cruzaron. Un poco “cortadas”, extendimos las toallas y nos quitamos la ropa. Cosme se había sentado y estaba leyendo un libro, corría una brisa un poco agitada y el sol no lucía con todo su esplendor.
El mar está bastante rizado, dijo Rosario, observando el horizonte cual curtido lobo de mar. ¡Qué va! está el agua buenísima, contesté yo por el puro placer de contrariarla, vamos ya adentro. Fijé la vista en Cosme y le dije: por favor, ¿puedes echar un vistazo a nuestras cosas mientras nos bañamos?, claro, si piensas quedarte un rato por aquí.
No te preocupes maja, haré de guardián.
Solo serán diez minutos, más no aguanto el baño... ¡ah! me llamo Alicia... y yo Cosme, contestó él sonriente.
Dicho esto eché a correr hacia el mar mientras observaba de reojo como él me seguía con la mirada. Qué chico más estupendo, pensé, y acto seguido me tiré de cabeza sobre una ola que venía a morir a la orilla, tan tranquila ella.
Lo que ocurrió después fue bastante rápido y agobiante, las tres amigas jugábamos divertidas, chapuzón viene, chapuzón va, hasta que de pronto nos vimos arrastradas por una marea que nos llevaba hacia dentro, no hacíamos pié y por más que intentábamos salir no nos movíamos del sitio. Voy a pedir ayuda, dijo Rosario, que al ser la más fuerte de las tres logró nadar hacia la orilla. Anita y yo nos quedamos apoyándonos una con la otra y pidiendo socorro a grito pelado. Así estuvimos unos segundos que a nosotras se nos hicieron eternos, hasta que notamos unos brazos que nos intentaban sujetar, a pesar de que movíamos los nuestros cual aspas de molino enloquecidas. Luego me enteré que entraron a salvarnos tres chicos y que nos recogió la barca de remos que entonces ponía al servicio de los bañistas el Ayuntamiento, como socorrismo.
Ya en la orilla tumbada sobre mi toalla tratando de calmarme, me di cuenta de que uno de los salvadores había sido Cosme. ¡Uff!...dije, sin poder aún respirar con normalidad, vaya mañanita de playa que te estamos dando. No te preocupes ya ha pasado todo, contestó, ahora a descansar un poco.
¿Ves como estaba el mar peligroso, puñetera?, decía Rosario con su voz de trueno. Un poco más tarde con los ánimos ya calmados y el estómago capaz de engullir nuestros respectivos bocadillos, mis amigas se fueron a dar un paseo por la orilla. Yo me quedé a solas con Cosme que encendió un cigarrillo para apagarlo inmediatamente. No debo fumar, me lo ha prohibido el médico pero llevo la cajetilla por costumbre aunque el hábito me hace encender el cigarrillo, pero no ocurre nada, dijo sin convicción, sólo me produce tos. ¡Ah!... ya, dije, sin saber qué contestar.
Comenzamos a hablar, notamos que entre nosotros existía un buen rollo como decimos ahora. Él era de Zaragoza, bueno de un pueblo muy cercano a la capital. Su padre era agricultor, poseía unas tierras plantadas de frutales y huertas que cuidaba junto a sus hijos, dos hermanos de Cosme y él mismo. Vivian en un caserón antiguo junto a la plantación, con su madre y su tía que cuidaban de la casa.
Y... ¿dónde has aprendido tú a nadar?. En la balsa de regadío que es muy grande, no creas, contestó sonriendo divertido. Seguimos hablando y hablando hasta que llegaron mis amigas de su paseo y escuché la voz marimandona de Rosario: Alicia vístete que nos vamos ¿ya es hora, no?. Me vestí y nos despedimos de Cosme ¿vendréis mañana? dijo mirándome. Si claro, contesté, mañana estaremos aquí a la misma hora y en el mismo sitio... ¡ah! y muchas gracias por salvarnos la vida. No ha sido para tanto, yo solamente he ayudado, no soy un experto nadador de mar, solamente sé chapotear en la balsa de regadío, bromeó. Nos dimos la mano y nos separamos.
Ni que decir tiene que al día siguiente volvimos al mismo sitio, no sin antes convencer a la férrea Rosario y pasar de sus suspicacias diciendo que si iba a estropear las vacaciones de las tres o si íbamos a tener “Cosme” hasta en la sopa .
Anita era de pocas palabras pero acertadas y sentenció: habéis recibido un flechazo y te has enamorado del playero ese. ¡Anda la tonta! dijo Rosario, pero, ¿tú quién te crees que eres, la Corín Tellado?. Entre dimes y diretes pasaron dos días más de tertulia entre Cosme y yo. Las cosas estaban cada vez más claras entre nosotros y más tensas con mis amigas.
Aquella mañana cuando llegó la hora de regresar a casa y a la orden de Rosario: ¡vámonos!, ya es hora ¿no?, contesté con un hilillo de voz: ir delante vosotras que yo me quedo un ratito más, a lo que él se apresuró a contestar: yo le acompaño luego al tranvía, no os preocupéis. Si las miradas mataran el pobre Cosme habría caído fulminado y echando humo por todos sus poros. ¡Está bien, ahí te quedas!, dijo, pero con una mirada de... ¡ya hablaremos tu y yo!.
Nos quedamos los dos solos casi sin saber que decirnos, yo con el pié iba haciendo surcos en la arena y él miraba hacia el mar fijamente. ¿Cómo es que has venido de vacaciones tú sólo? le pregunté. Me miró a los ojos y contestó: no conocía el mar y decidí hace unos días descubrirlo, pero yo sólo, con tranquilidad, sin planes y prisas de amigos, sumergirme en él cuantas veces quisiera y estar horas contemplándolo. No creo que sea buena mi compañía para ti en este caso ¿no crees?. Me miró intensamente y sonriendo me contestó: tú eres mi gran sorpresa y el regalo maravilloso de tu compañía lo mejor de estas vacaciones. Quisiera pedirte que saliésemos juntos los días que yo pueda permanecer aquí, si aceptas los estiraré todo lo que pueda. Acepto, contesté muy seria y ahora cumple tu promesa y acompáñame al tranvía que se ha hecho muy tarde. ¿No podríamos comer juntos? apuntó, el restaurante del hotel tiene muy buena pinta. Otro día, no corras tanto, de momento espérame hoy en la parada a las seis.
Mientras el renqueante tranvía me llevaba hacia mi casa me sentí extrañamente contenta, invadida por un sentimiento hasta entonces desconocido, emocionada y feliz. La brisa que entraba por la ventanilla aliviaba el calor que sentía ( y no solamente por la quemazón del sol playero), era algo más... Cosme de pronto me resultaba tan cercano como si le conociese de toda la vida. Tenía veinticuatro años, era guapo..., bueno, más que guapo atractivo, simpático, alto (en aquella época medir 1,75 ya era ser alto), cabello castaño y más bien delgado. Sus ojos marrones querían ser alegres, pero tenían un fondo de tristeza y trasmitían una serena melancolía. ¡Madre mía! exclamé sin darme cuenta en voz alta ¿tendrá razón Anita?.
En aquel tiempo, a los dieciocho años (las chicas sobre todo), éramos aún adolescentes y entrábamos en el amor de puntillas. No decíamos como ahora: oye tía, qué bueno está este tío, tiene un culito debuten, etc. Sino, ¡qué guapo es Antonio!, voy a ver si esta tarde me cruzo con él en la Explanada y me mira, ¡el domingo en el guateque seguro que me conquisto a Luis! y otras lindezas parecidas, aunque bien es verdad que nos arrimábamos al bailar Only you (si nos gustaba el chaval, claro), y por dentro... ¡estallábamos!. En realidad viene a ser lo mismo pero en otro “idioma” generacional.
Pues bien, tuve que convencer a mis amigas, sobre todo a Rosario que me culpaba de abandonarlas en plenas vacaciones. Les dije que me gustaba mucho Cosme que ellas eran dos y por tanto podían salir igualmente sin mí y además él se iba a marchar el día quince, luego nos quedaban muchos días más de vacaciones para ir a la playa, al cine, pasear e irnos unos días al pueblo de los abuelos de Anita.
Al final cedieron y reconocieron que llevaba razón, nos dimos un beso y tan amigas.
A partir de ese día salimos juntos mañana, tarde y noche no, porque a las diez había que estar en casa. Por las mañanas nuestras raciones prolongadas de playa y por las tardes me dediqué a mostrarle los rincones típicos y entrañables de la ciudad. Estuvimos en Santa Cruz, subiendo hasta la ermita, en el panteón de Quijano (un oasis de paz en medio de la ciudad), el paseito Ramiro, el parque de Canalejas etc... Un día fuimos a Benidorm en el “trenet”. Cosme quedo encantado con aquel pueblo de pescadores tan pintoresco, que comenzaba a poner los cimientos de su “hecatombe” actual.
Nuestra relación era tranquila y romántica, con algún beso y “achuchón” que otro (sin llegar a palabras mayores ¿eh?). ¡Menudos tiempos!... te podía amonestar hasta la guardia civil si te veían besándote cuando estabas tan tranquilo sentado en un banco debajo de una palmera.
Él me decía cosas como: eres brillante y tierna como una estrella reflejándose en el mar. Yo riendo le contestaba: ¡vaya! ¿Eres poeta además de agricultor?. Puede ser, siempre queda tiempo para leer o escribir poesía. En el campo los días son muy largos y entre la recogida de los tomates y la siembra de las patatas queda un hueco que yo aprovecho para culturizarme un poco. Soy tu enamorado y estoy seguro que has aparecido este verano tan especial para mí como un ángel bello y travieso, continuaba, para “chincharme” un poco. Riéndome le contesté, pues este ángel tiene sed, vamos a tomar una horchata aquí mismo en el Peret. Esto es “bóbilis de ángel” decía Cosme refiriéndose a la horchata, ¿Bóbilis de qué?. De ángel como tú, o sea, cosa buena.
Así iban pasando los días. En mi casa se extrañaban de que mis amigas no pasasen a recogerme. Les dije que nos reuníamos en la parada del trole para adelantar. Aquello coló y no volvieron a preguntarme, pero el “venao” de mi hermano metía la pata y decía en voz alta: eso es que tiene novio, que tiene novio y no quiere decirlo. ¡Calla enclenque con gafas, contestaba yo airada!. ¿Y tú? que tienes patitas de alambre. Ya te vigilaré y me enteraré, respondía furioso.
Ahora recuerdo que yo hablaba mucho del porvenir, mientras Cosme se dedicaba a mantenerse en el presente. Aplazó su vuelta a casa un par de días más, nos angustiaba tener que separarnos, es más, evitábamos hablar del momento que fatalmente tenía que llegar. Te quiero, me decía, serás siempre mi amor hasta la eternidad. ¡Qué trascendente eres, hijo! Y tú, mi amor de tierra adentro, o sea, de secano, le decía para “picarle” y terminar riendo los dos.
Llegó la víspera de su marcha, diecisiete de agosto. Le insistí en subir a lo alto del Castillo de Santa Bárbara, refiriéndole entusiasmada el panorama tan maravilloso que se divisaba desde allí. Se resistió un poco pero al final accedió. Eran las seis de la tarde y el sol aún caía con fuerza. Mira, esa es mi casa, le comentaba, qué bien se ve desde aquí... la fábrica de tabacos... la plaza de toros... Cosme sonreía y atendía mis indicaciones `por complacerme, pero al mirarle noté que estaba un poco pálido, respiraba con alguna dificultad y le propuse: vamos a acercarnos al mirador del “cortao” así descansamos un poco, allí corre un aire muy fresco y da algo de sombra. Así lo hicimos y una vez sentados en un banco Cosme un poco avergonzado me dijo: llevo arrastrando desde este invierno pasado una bronquitis mal curada y aunque yo creía que me encontraba ya bien, me estoy dando cuenta que no es así. Perdóname sirenita (me llamaba a veces así) pero parezco un viejo. ¡No hombre, no! le animé, en realidad hace mucho calor aún, no debíamos de haber subido tan pronto. Qué bonita se ve la ciudad desde aquí, qué suerte tienes de vivir junto al mar. Tienes razón, contesté, el mar es parte de mi vida; los alicantinos, cuando decidimos dar un paseo, salimos de casa y sin pensarlo siquiera, dirigimos nuestros pasos hacia el puerto ó la playa, necesitamos su olor y escuchar su mensaje. Al cabo de unos minutos, exclamó ya más animado: si quieres seguimos adelante, yo ya me he recuperado. No, déjalo, yo también estoy un poco cansada, le mentí, y total desde la cumbre se ve casi lo mismo que desde aquí, nada más que un poco más alto.
La tarde era serena y perfecta, y una suave brisa empezó a refrescar el ambiente. Fuimos bajando por el camino hasta el principio.
Alicia, parece mentira que en tan pocos días nuestra relación sea tan sólida y nos conozcamos tan bien, te quiero mucho y me horroriza pensar que termine aquí esta historia. ¿Por qué dices eso?. si acaba de empezar, también yo te quiero mucho. Nos apretamos las manos y me empeñé en acompañarle hasta el hotel. Fuimos andando cuesta abajo y paseamos por la orilla del mar un buen rato. Me gustaría despedirte mañana en la estación. No, no, sería muy duro, prefiero que lo hagamos ahora, además el tren sale muy temprano.
Llegamos a la parada del tranvía, nos abrazamos y besamos ante las miradas curiosas de la gente que allí se encontraba y nos separamos con lágrimas en los ojos, pero sonriendo.
Cuando poco a poco lo fui perdiendo de vista me sentí mal, con el presagio de que jamás volvería a verle.
Las vacaciones siguieron con mis amigas pero nada fue igual, no quise arrinconarme en mi casa y seguí saliendo, sin alegría pero con esperanza. Septiembre me trajo mi primer empleo en las oficinas de una compañía de seguros y eso me ayudó un poco a no pensar todo el día en nuestra separación forzosa. Todos los días preguntaba a mi madre si había recibido una llamada telefónica, pero siempre la respuesta era negativa.
En Octubre tampoco ocurrió nada, cada vez me encontraba más decaída, sobre todo los fines de semana, aquellos domingos que siempre me habían resultado divertidos, ahora el cine y el paseo por la Rambla me resultaban aburridos y tristes. Mis amigas intentaban animarme pero yo no dejaba de pensar por qué Cosme no había querido darme ni su teléfono ni su dirección. Cuando se lo pregunté antes de marcharse dijo que quería darme una sorpresa en cuanto se encontrase bien de salud.
Llegó Noviembre con las castañeras en las esquinas y el D. Juan Tenorio que se representaba por aquellas fechas en el teatro Principal. A mitad de mes, un día frío y lluvioso, cuando regresé a casa a mediodía me entregó mi madre una carta que había llegado a mi nombre. El corazón empezó a latirme fuerte y desordenadamente, me encerré en mi habitación y estuve unos minutos sin tocar la carta. Cuando al final me armé de valor, la abrí y la leí, caí en la cama sin fuerzas y se apoderó de mí una angustia impotente y negra que me dejó anulada. El membrete de la carta tenía fecha del dos de octubre pero el matasellos del sobre era del catorce de noviembre. No hace falta que refiera el contenido de tan triste misiva. Cosme, mi querido Cosme, la había escrito con antelación y se la entregó a su madre para que me la enviase a mí si se cumplían sus temores. Su despedida eran cuatro líneas sencillas que jamás olvidaré y hoy todavía conservo la carta entre mis reliquias más queridas.
Por primera vez sentí que la vida empezaba a pasarme factura, que no todo era juventud, alegría e ilusión, que existía un dolor que hasta entonces no conocía y que ese lluvioso día de Noviembre iba a quedar grabado en mi alma para siempre.
Poco a poco su recuerdo fue suavizándose, a veces me consolaba pensar que estaría en una playa soleada y tranquila y que alguna vez nos volveríamos a ver, como aquella mañana de verano donde nos encontramos por primera vez.
Pasaron las Navidades, muy tristes para mí, siempre arropada por mis amigas, mis padres y hasta Pablito me ayudó. Cómo me vería, para abrazarme y besarme de vez en cuando.
Comenzó 1959 y un día de Semana Santa conocí a Alejandro. Tuvo mucha paciencia conmigo pues aún me encontraba muy “tocada”, pero puedo asegurar que aún teniendo una herida de amor sin cicatrizar, te puedes volver a enamorar, a mí me ocurrió y hasta la fecha sigo estando enamorada pero siempre, siempre, mientras viva, tendré un rinconcito dentro de mí para Cosme, mi amor de tierra adentro.
Ya no existe ni el tranvía ni las tertulias vecinales de jazmines y botijo, ni Machín cantando sin parar por la radio, aquel Alicante íntimo y tranquilo sólo queda en la mente de quien lo vivimos pero siempre guardaré un recuerdo especial de aquel inolvidable verano del cincuenta y ocho, de mar azul, noches estrelladas, dulces descubrimientos y también de amargos presagios.
¡Mira Alicia!. Ya se ve el mar, la voz de Alejandro me saca de mis pensamientos, mis recuerdos no terminan aquí pero sí este viaje, mi trayecto hasta la actualidad fue bastante movido pero eso ocuparía otro relato y no precisamente corto. Vuelvo a oír la voz de Alejandro repitiendo: ¡Alicia, ya se ve el mar! . Miro y ahí está... alfombrando la silueta majestuosa del castillo. Sí, ya se ve el mar, contesto con emoción..... ya estamos en casa.
Tina Jover
Enviado miércoles 6-2-2008 a Diorama de Alicante
EL PIE DERECHO DE ALICIA
El mundo es un pañuelo, la realidad supera a la fantasía y las grandes casualidades existen, ¡vaya si existen!. Hola, soy un pié derecho, si, han leído bien, soy un pié completo y perfecto. Pertenezco a mi dueña, Alicia, una chica simpática y alegre que no da un paso sin que yo me entere... je, je, elemental. Ali vive en Madrid con su marido, Godofredo, un costarricense que vino a España hace unos pocos años. En su país trabajaba en un jardín botánico en la provincia de Heredia y cuando vino “acá” como dice él, se trajo infinidad de semillas de plantas selváticas para que le hicieran recordar su añorada tierra y como a Alicia le encantan, tenemos la casa como una selva amazónica.
Ellos se enamoraron en una verbena, una noche preciosa de verano que resultó ser un tormento para mí, pues Ali se empeñó en enseñarle a bailar el chotis y tuve el pié izquierdo de Godo toda la noche sobre mí en lugar de en un ladrillo que era “lo chupi” y correcto, pero como a ella le hizo tilín... pues yo...¡qué remedio! como un cab..., ¡ a aguantar!. Estos puntos suspensivos se deben a que Alicia es anti-tacos y yo por respeto le sigo la corriente. Su padre que era maestro de escuela, le inculcó la “distinción y los buenos modales” como él decía cargado de razón.
A Alicia, por ejemplo cuando se le escapa el autobús en lugar de exclamar ¡ me cago en D..., dice bajito: ¡Santo Cristo Viajero!, en fin, un poco cursi pero muy buena gente, yo la acepto como es por que como estoy tan unido a ella... ¡hala! otra parida. Ali trabaja de esteticién en una peluquería del centro y el Godo, de jardinero en una lujosa urbanización, pero en fin, sigamos con mi historia que es lo que mola. aunque habrán notado que a mí el Godo ese no que cae muy bien, pues aunque es un buen hombre, trabajador y cariñoso con Alicia, no me llega a tocar la fibra sensible. Por ejemplo, yo antes de casarse mi ama, dormía entre sus sábanas siempre perfumadas y suavizadas, moviéndome de un lado a otro, o sea, ¡ancha es Castilla!, mi hermano izquierdo al Este y yo al Oeste, y desde que nos invadieron los pies de Godo, la cama parece una pista de autos de choque, además, el tío es muy nervioso durmiendo y se baila unas jotas que no vean... y no digamos cuando se pone a “jugar” con Ali..., pero eso no tiene solución, y es tanta la cercanía que nos une... que no me queda más remedio que aguantar.
Mi dueña es una mujer normal y corriente, ni guapa ni fea, ni alta ni baja, pero el caso es que tiene una parte de su cuerpo que no es nada vulgar ni corriente y aquí está el verdadero “intríngulis” de esta pequeña historia. Tiene ficha abierta en una agencia de castings que provee de partes del cuerpo de personas (metafóricamente hablando) a publicistas y estudios de televisión y cine. Aunque resulte presuntuoso decirlo la parte perfecta de su cuerpo soy yo, mi menda. Ustedes me habrán visto muchas veces en la tele anunciando crema para los talones, callicidas o plantillas ortopédicas o bien emergiendo de un baño de espuma picarón y provocativo en alguna escena erótica, nunca porno ¡pardiez! que diría Alicia. Así es que ya saben, cuando vean un pié derecho en algún anuncio televisivo, casi seguro ¡soy yo!.
Puede que me pase de deslenguado y pizpireto pero no soy despistado ni ando mal del oído como Ali, que la pobre, debido al ruido de los secadores del salón anda un poco “teniente”, y se preguntarán por qué saco esto a colación... pues paciencia que pronto se enterarán.
Aquel sábado, de climatología revuelta, ya después de haber cenado nos disponíamos a acostarnos pronto pues queríamos madrugar para ir a casa de la madre de Alicia, que vivía (y vive aún) en un pueblito manchego. Godo estaba muy contento pues le encantan los guisos que le prepara su suegra, que si migas, gazpacho, duelos y quebrantos... en fin, todo le cae bien a su agradecido estómago. Sobre las diez y media sonó el teléfono era Noemí, la compañera de trabajo y además amiga de Ali. Estuvieron hablando un par de minutos y al colgar mi ama estaba contrariada pero contenta, se dirigió a Godo que estaba vaporizando las plantas delicadamente (cosa que hace cada noche y cada mañana) y le dijo: Me ha llamado Noemí por que ha leído en el periódico que mañana hay un casting en los estudios de Antena 23 solicitando un pié derecho así que no puedo desperdiciar esta ocasión y me voy a presentar. Godo se quedó con el vaporizador en alto y cara de disgusto, pero si ya hemos avisado a tu mamá y seguro que le daremos una decepción si no vamos, contestó, la pobre está tan sola desde que murió tu papá. Ya lo sé cariño, contestó Ali, pero tengo que ir, es un dinerito que nos vendría muy bien, además encima de las vacaciones... Si, si, repetía Godo pensando en las migas con tropezones, las vacaciones las podemos pasar en el pueblo y nos salen bien baratas. Ali atacaba: pues yo ya estoy harta de bañarme en la charca de la huerta todos los veranos. ¿No te apetecería más un largo fin de semana en Benidorm?, bañito por la mañana, paella en el chiringuito a mediodía, puesta de sol romántica por la tarde y por la noche... No sigas, no sigas, ya me has convencido, aunque eso será si te contratan. Me contratarán, seguro, no fallo nunca, contestó su mujer. Pues claro que sí pensaba yo con aires de superioridad, ¡qué se habrá creído este!.
Aquel domingo Alicia se levantó temprano y me estuvo repasando atentamente para dejarme impecable, a izquierdo también estuvo embadurnándolo de crema, pero menos,
claro, ya que con él no iba el asunto. Ali se encaramó sobre los altos tacones de sus sandalias preferidas, cogió el paraguas pues el tiempo estaba amenazante y se despidió de Godo. No olvides llamar a mi madre y dile que iremos el domingo próximo, hasta luego cariño. Vale contestó el pobre medio dormido, que haya suerte, musitó.
Cuando salimos a la calle comenzó a llover ligeramente, como ya presagiaba desde la noche anterior. ¡Madre mía! exclamó Alicia, se me va a poner el pié perdido. Empezamos a andar lo más rápido que nos permitían los dichosos tacones y tuvimos suerte, pues llegó enseguida el autobús que nos dejaba además muy cerca de los estudios.
Qué raro que no me haya avisado de este casting la agencia, musitaba Ali. Eso pensaba yo también pero no nos dio tiempo a pensar más, habíamos llegado a nuestro destino. La lluvia iba en aumento y teníamos que pasar por un pequeño jardín para entrar en el edificio ya que no podíamos dar un rodeo pues íbamos con el tiempo justo. Total, que yo llegué hecho una pena, salpicado de barro y arrugado como una pasa. Entramos rápidamente en el recinto y nos sentamos en un banco que había al lado de un macetero. Ali sacó su pañuelo del bolso y estuvo secándome y limpiándome lo mejor que pudo hasta que quedé casi decente. Una vez quedó todo n orden me puse a otear el horizonte. Aquello era como un mercadillo callejero en domingo. Habían dos salas abiertas y una gran cantidad de madres con sus bebés rubios y gordito, que armaban una barahúnda de miedo. También observé muchas personas que llevaban plantas verdes, largas, como trepadora. Alicia también lo observó y un poco mosqueada se dirigió al encargado de todo aquel tinglado para informarse: Oiga, por favor, ¿qué sala es la del casting para el pié derecho? ¿para el pié qué? contestó el empleado. Para el pié de-re-cho repitió Alicia recalcando la palabra. Que yo sepa sólo hay dos castings, contestó el hombre a voz en grito, pues los niños lloraban ya en estéreo: sala 1, bebés gordos y rubios, sala 2, pié de helecho rico en epífitos H y menophyllum oriundo del cantón de Sarapiqué (Costa Rica). Pasaron unos segundos hasta que reaccionamos. Yo pensé: ¡co...! ¿qué dice este tío?. Vaya metedura de pata, que no de pié! y enseguida escuché un rotundo ¡coño! salido de la boca de Alicia y seguido de un: ¡perdón papá!, que hizo parar por un segundo el concierto de berridos de los bebés. No puede ser, no puede ser, lo que me dijo Noemí era pié de helecho, que sabe que tengo infinidad de ellos en casa, no pié derecho, y empezó a reír histéricamente mientras mascullaba: tengo que ir al otorrino sin falta, pero sin falta.
El empleado estaba absorto mirando a Alicia, pues no entendía nada y cuando hizo un gesto para alejarse de allí, Ali lo cogió por la manga de la chaqueta y le espetó: no se vaya por favor que esto es la anécdota más absurda y graciosa que me ha ocurrido en la vida. Vamos a ver: ¿cómo es que piden esta planta de origen tan lejano? Pues creo que es para el rodaje de una serie ambientada en el Siripiqué ese, contestó y como está tan lejos y aquí hay tantos inmigrantes de esa parte del mundo, han pensado en probar suerte. ¡Bingo!, exclamó Alicia, yo tengo esa planta y también el helecho biforita y un montón más, solo tengo que ir a mi casa, dejarla como un desierto y volver, pero hay un problema, que vivo un poco lejos de aquí; estamos hasta la una de la tarde, apuntó el señor entusiasmado con el tema. Alicia consultó el reloj que marcaba las doce y cinco minutos. Me voy volando y antes de la una estoy aquí ¡seguro!, pero, por favor, espéreme si me paso unos minutos, sea bueno... El hombre sonrió y contestó: vaya, vaya rápido, que hasta ahora no ha aparecido el dichoso helecho.
Salimos corriendo como si nos persiguieran, paramos un taxi y comenzamos la aventura de poder volver a tiempo a los estudios con las trepadoras. Después de acumular tensión y nerviosismo en grandes dosis y de acabar casi con la paciencia del taxista, llegamos a casa a las doce y media. Como una exhalación nos vio entrar Godofredo que estaba tan tranquilo en la cocina preparando unas tortitas de maíz. ¿Qué ocurre?, preguntó alarmado mientras Alicia trataba de despegar el helecho epifitas que estaba acomodado, tan tranquilo él, sobre el frigorífico, sin que se estropeara. Pero, ¿Por qué coges la planta? seguía preguntando Godo sin entender nada. Luego, luego te lo explicaré, tengo un taxi esperando... y un portazo fue lo último que se escuchó en la casa, mientras Godo quedó con una tortita en la mano cual estatua de sal.
Resumiendo y para terminar: llegamos a tiempo, nadie había llevado la plantita dichosa, el helecho quedó contratado y yo respiré tranquilo, pues no podía soportar más el dolor y la irritación de tanta carrera. Izquierdo lloraba agotado y yo hasta sentí pena de él porque ser hermano de un pié perfecto como yo y pasar toda esta aventura sin ser de su incumbencia debe producir una frustración bestial... ¡qué le vamos a hacer!.
Aquel verano fuimos de “cortas vacaciones” a Benidorm, pues lo que le pagaron a Alicia tampoco fue para echar cohetes, pero pude hundirme en las aguas del Mediterráneo y pisar sus doradas arenas, lo pasamos muy bien gracias al simpático helecho de allende los mares.
A la vuelta de las vacaciones el frigorífico volvió a convertirse en una pequeña selva de nuevo, Alicia visitó al otorrino y Godo siguió bailando el chotis sobre mí en las verbenas ¡maldita sea!, vaya, perdón y la vida como dice la canción siguió igual.
Como habrán comprobado a veces la vida es un pañuelo, la realidad supera a la fantasía y las grandes casualidades existen ¿verdad?.
Tina Jover
Ellos se enamoraron en una verbena, una noche preciosa de verano que resultó ser un tormento para mí, pues Ali se empeñó en enseñarle a bailar el chotis y tuve el pié izquierdo de Godo toda la noche sobre mí en lugar de en un ladrillo que era “lo chupi” y correcto, pero como a ella le hizo tilín... pues yo...¡qué remedio! como un cab..., ¡ a aguantar!. Estos puntos suspensivos se deben a que Alicia es anti-tacos y yo por respeto le sigo la corriente. Su padre que era maestro de escuela, le inculcó la “distinción y los buenos modales” como él decía cargado de razón.
A Alicia, por ejemplo cuando se le escapa el autobús en lugar de exclamar ¡ me cago en D..., dice bajito: ¡Santo Cristo Viajero!, en fin, un poco cursi pero muy buena gente, yo la acepto como es por que como estoy tan unido a ella... ¡hala! otra parida. Ali trabaja de esteticién en una peluquería del centro y el Godo, de jardinero en una lujosa urbanización, pero en fin, sigamos con mi historia que es lo que mola. aunque habrán notado que a mí el Godo ese no que cae muy bien, pues aunque es un buen hombre, trabajador y cariñoso con Alicia, no me llega a tocar la fibra sensible. Por ejemplo, yo antes de casarse mi ama, dormía entre sus sábanas siempre perfumadas y suavizadas, moviéndome de un lado a otro, o sea, ¡ancha es Castilla!, mi hermano izquierdo al Este y yo al Oeste, y desde que nos invadieron los pies de Godo, la cama parece una pista de autos de choque, además, el tío es muy nervioso durmiendo y se baila unas jotas que no vean... y no digamos cuando se pone a “jugar” con Ali..., pero eso no tiene solución, y es tanta la cercanía que nos une... que no me queda más remedio que aguantar.
Mi dueña es una mujer normal y corriente, ni guapa ni fea, ni alta ni baja, pero el caso es que tiene una parte de su cuerpo que no es nada vulgar ni corriente y aquí está el verdadero “intríngulis” de esta pequeña historia. Tiene ficha abierta en una agencia de castings que provee de partes del cuerpo de personas (metafóricamente hablando) a publicistas y estudios de televisión y cine. Aunque resulte presuntuoso decirlo la parte perfecta de su cuerpo soy yo, mi menda. Ustedes me habrán visto muchas veces en la tele anunciando crema para los talones, callicidas o plantillas ortopédicas o bien emergiendo de un baño de espuma picarón y provocativo en alguna escena erótica, nunca porno ¡pardiez! que diría Alicia. Así es que ya saben, cuando vean un pié derecho en algún anuncio televisivo, casi seguro ¡soy yo!.
Puede que me pase de deslenguado y pizpireto pero no soy despistado ni ando mal del oído como Ali, que la pobre, debido al ruido de los secadores del salón anda un poco “teniente”, y se preguntarán por qué saco esto a colación... pues paciencia que pronto se enterarán.
Aquel sábado, de climatología revuelta, ya después de haber cenado nos disponíamos a acostarnos pronto pues queríamos madrugar para ir a casa de la madre de Alicia, que vivía (y vive aún) en un pueblito manchego. Godo estaba muy contento pues le encantan los guisos que le prepara su suegra, que si migas, gazpacho, duelos y quebrantos... en fin, todo le cae bien a su agradecido estómago. Sobre las diez y media sonó el teléfono era Noemí, la compañera de trabajo y además amiga de Ali. Estuvieron hablando un par de minutos y al colgar mi ama estaba contrariada pero contenta, se dirigió a Godo que estaba vaporizando las plantas delicadamente (cosa que hace cada noche y cada mañana) y le dijo: Me ha llamado Noemí por que ha leído en el periódico que mañana hay un casting en los estudios de Antena 23 solicitando un pié derecho así que no puedo desperdiciar esta ocasión y me voy a presentar. Godo se quedó con el vaporizador en alto y cara de disgusto, pero si ya hemos avisado a tu mamá y seguro que le daremos una decepción si no vamos, contestó, la pobre está tan sola desde que murió tu papá. Ya lo sé cariño, contestó Ali, pero tengo que ir, es un dinerito que nos vendría muy bien, además encima de las vacaciones... Si, si, repetía Godo pensando en las migas con tropezones, las vacaciones las podemos pasar en el pueblo y nos salen bien baratas. Ali atacaba: pues yo ya estoy harta de bañarme en la charca de la huerta todos los veranos. ¿No te apetecería más un largo fin de semana en Benidorm?, bañito por la mañana, paella en el chiringuito a mediodía, puesta de sol romántica por la tarde y por la noche... No sigas, no sigas, ya me has convencido, aunque eso será si te contratan. Me contratarán, seguro, no fallo nunca, contestó su mujer. Pues claro que sí pensaba yo con aires de superioridad, ¡qué se habrá creído este!.
Aquel domingo Alicia se levantó temprano y me estuvo repasando atentamente para dejarme impecable, a izquierdo también estuvo embadurnándolo de crema, pero menos,
claro, ya que con él no iba el asunto. Ali se encaramó sobre los altos tacones de sus sandalias preferidas, cogió el paraguas pues el tiempo estaba amenazante y se despidió de Godo. No olvides llamar a mi madre y dile que iremos el domingo próximo, hasta luego cariño. Vale contestó el pobre medio dormido, que haya suerte, musitó.
Cuando salimos a la calle comenzó a llover ligeramente, como ya presagiaba desde la noche anterior. ¡Madre mía! exclamó Alicia, se me va a poner el pié perdido. Empezamos a andar lo más rápido que nos permitían los dichosos tacones y tuvimos suerte, pues llegó enseguida el autobús que nos dejaba además muy cerca de los estudios.
Qué raro que no me haya avisado de este casting la agencia, musitaba Ali. Eso pensaba yo también pero no nos dio tiempo a pensar más, habíamos llegado a nuestro destino. La lluvia iba en aumento y teníamos que pasar por un pequeño jardín para entrar en el edificio ya que no podíamos dar un rodeo pues íbamos con el tiempo justo. Total, que yo llegué hecho una pena, salpicado de barro y arrugado como una pasa. Entramos rápidamente en el recinto y nos sentamos en un banco que había al lado de un macetero. Ali sacó su pañuelo del bolso y estuvo secándome y limpiándome lo mejor que pudo hasta que quedé casi decente. Una vez quedó todo n orden me puse a otear el horizonte. Aquello era como un mercadillo callejero en domingo. Habían dos salas abiertas y una gran cantidad de madres con sus bebés rubios y gordito, que armaban una barahúnda de miedo. También observé muchas personas que llevaban plantas verdes, largas, como trepadora. Alicia también lo observó y un poco mosqueada se dirigió al encargado de todo aquel tinglado para informarse: Oiga, por favor, ¿qué sala es la del casting para el pié derecho? ¿para el pié qué? contestó el empleado. Para el pié de-re-cho repitió Alicia recalcando la palabra. Que yo sepa sólo hay dos castings, contestó el hombre a voz en grito, pues los niños lloraban ya en estéreo: sala 1, bebés gordos y rubios, sala 2, pié de helecho rico en epífitos H y menophyllum oriundo del cantón de Sarapiqué (Costa Rica). Pasaron unos segundos hasta que reaccionamos. Yo pensé: ¡co...! ¿qué dice este tío?. Vaya metedura de pata, que no de pié! y enseguida escuché un rotundo ¡coño! salido de la boca de Alicia y seguido de un: ¡perdón papá!, que hizo parar por un segundo el concierto de berridos de los bebés. No puede ser, no puede ser, lo que me dijo Noemí era pié de helecho, que sabe que tengo infinidad de ellos en casa, no pié derecho, y empezó a reír histéricamente mientras mascullaba: tengo que ir al otorrino sin falta, pero sin falta.
El empleado estaba absorto mirando a Alicia, pues no entendía nada y cuando hizo un gesto para alejarse de allí, Ali lo cogió por la manga de la chaqueta y le espetó: no se vaya por favor que esto es la anécdota más absurda y graciosa que me ha ocurrido en la vida. Vamos a ver: ¿cómo es que piden esta planta de origen tan lejano? Pues creo que es para el rodaje de una serie ambientada en el Siripiqué ese, contestó y como está tan lejos y aquí hay tantos inmigrantes de esa parte del mundo, han pensado en probar suerte. ¡Bingo!, exclamó Alicia, yo tengo esa planta y también el helecho biforita y un montón más, solo tengo que ir a mi casa, dejarla como un desierto y volver, pero hay un problema, que vivo un poco lejos de aquí; estamos hasta la una de la tarde, apuntó el señor entusiasmado con el tema. Alicia consultó el reloj que marcaba las doce y cinco minutos. Me voy volando y antes de la una estoy aquí ¡seguro!, pero, por favor, espéreme si me paso unos minutos, sea bueno... El hombre sonrió y contestó: vaya, vaya rápido, que hasta ahora no ha aparecido el dichoso helecho.
Salimos corriendo como si nos persiguieran, paramos un taxi y comenzamos la aventura de poder volver a tiempo a los estudios con las trepadoras. Después de acumular tensión y nerviosismo en grandes dosis y de acabar casi con la paciencia del taxista, llegamos a casa a las doce y media. Como una exhalación nos vio entrar Godofredo que estaba tan tranquilo en la cocina preparando unas tortitas de maíz. ¿Qué ocurre?, preguntó alarmado mientras Alicia trataba de despegar el helecho epifitas que estaba acomodado, tan tranquilo él, sobre el frigorífico, sin que se estropeara. Pero, ¿Por qué coges la planta? seguía preguntando Godo sin entender nada. Luego, luego te lo explicaré, tengo un taxi esperando... y un portazo fue lo último que se escuchó en la casa, mientras Godo quedó con una tortita en la mano cual estatua de sal.
Resumiendo y para terminar: llegamos a tiempo, nadie había llevado la plantita dichosa, el helecho quedó contratado y yo respiré tranquilo, pues no podía soportar más el dolor y la irritación de tanta carrera. Izquierdo lloraba agotado y yo hasta sentí pena de él porque ser hermano de un pié perfecto como yo y pasar toda esta aventura sin ser de su incumbencia debe producir una frustración bestial... ¡qué le vamos a hacer!.
Aquel verano fuimos de “cortas vacaciones” a Benidorm, pues lo que le pagaron a Alicia tampoco fue para echar cohetes, pero pude hundirme en las aguas del Mediterráneo y pisar sus doradas arenas, lo pasamos muy bien gracias al simpático helecho de allende los mares.
A la vuelta de las vacaciones el frigorífico volvió a convertirse en una pequeña selva de nuevo, Alicia visitó al otorrino y Godo siguió bailando el chotis sobre mí en las verbenas ¡maldita sea!, vaya, perdón y la vida como dice la canción siguió igual.
Como habrán comprobado a veces la vida es un pañuelo, la realidad supera a la fantasía y las grandes casualidades existen ¿verdad?.
Tina Jover
martes, 21 de octubre de 2008
Tras los muros, el jardín
El sol fuerte cae de plano
en el patio de la cárcel,
entre las rejas un hombre
que mira sin ver a nadie.
Año cero, año candente
donde empezará a forjarse
la libertad y la muerte.
El hombre sigue mirando
las losas secas del patio,
piensa que tal vez mañana
no existirán para él
los muros que lo separan
de su jardín adorado,
donde cultivaba flores
en las tardes de verano.
Sé que al alba moriré
murmuraba muy despacio,
yo que luché por la vida
mis ojos irán de frente
aunque los lleve vendados.
Caeré al pié de la fosa
como los grandes soldados
y no tendré ni las rosas
que siempre tanto he amado;
mis ojos verán la gloria
aunque los lleve vendados.
El sol irá devorando
mi pobre cuerpo acabado
hasta que la tierra cubra
mi historia, mi honor, mi rango.
Adiós tierra de Granada
adiós, adiós mis hermanos,
hasta siempre mis amigos
os dejo mi amor, mi canto.
Mi vida no vale nada
en este mundo agotado,
mi espíritu surgirá
de los trazos de mi mano
y allí, tendido en la tierra
junto al muro levantado,
sentiré crecer la hierba,
los pasos del hombre bueno,
el trotar de los caballos,
mis ojos verán la gloria
aunque los tenga cerrados.
en el patio de la cárcel,
entre las rejas un hombre
que mira sin ver a nadie.
Año cero, año candente
donde empezará a forjarse
la libertad y la muerte.
El hombre sigue mirando
las losas secas del patio,
piensa que tal vez mañana
no existirán para él
los muros que lo separan
de su jardín adorado,
donde cultivaba flores
en las tardes de verano.
Sé que al alba moriré
murmuraba muy despacio,
yo que luché por la vida
mis ojos irán de frente
aunque los lleve vendados.
Caeré al pié de la fosa
como los grandes soldados
y no tendré ni las rosas
que siempre tanto he amado;
mis ojos verán la gloria
aunque los lleve vendados.
El sol irá devorando
mi pobre cuerpo acabado
hasta que la tierra cubra
mi historia, mi honor, mi rango.
Adiós tierra de Granada
adiós, adiós mis hermanos,
hasta siempre mis amigos
os dejo mi amor, mi canto.
Mi vida no vale nada
en este mundo agotado,
mi espíritu surgirá
de los trazos de mi mano
y allí, tendido en la tierra
junto al muro levantado,
sentiré crecer la hierba,
los pasos del hombre bueno,
el trotar de los caballos,
mis ojos verán la gloria
aunque los tenga cerrados.
Rebeldes con causa
La noche huele a amenaza,
han brillado las navajas
y la sangre salpicó
el asfalto de la plaza.
Rebeldes del barrio sucio
rebeldes todos con causa,
no serian tan rebeldes
si tuvieran una casa,
un soplo de amor de madre
y una cama límpia y blanca,
un poco de comprensión
y una paga a la semana.
Tendido quedó en el suelo
al lado de su navaja
con la mano muy abierta
sobre el suelo de la plaza.
Una riña callejera
una palabra más alta
una mueca de dolor,
una soledad amarga,
un pobre chico rebelde
que no tiene amor ni casa.
han brillado las navajas
y la sangre salpicó
el asfalto de la plaza.
Rebeldes del barrio sucio
rebeldes todos con causa,
no serian tan rebeldes
si tuvieran una casa,
un soplo de amor de madre
y una cama límpia y blanca,
un poco de comprensión
y una paga a la semana.
Tendido quedó en el suelo
al lado de su navaja
con la mano muy abierta
sobre el suelo de la plaza.
Una riña callejera
una palabra más alta
una mueca de dolor,
una soledad amarga,
un pobre chico rebelde
que no tiene amor ni casa.
La marcha
Quiero ver el campo antes de marcharme,
mi casa no existe ya no queda nadie.
Las zarpas de la guerra me han desgarrado,
la bestia ensangrentada me ha devorado,
en mi tierra no existe la primavera
no llegará el verano junto a las eras.
Las risas de mis hijos se han acabado
mi pobre alma perdida se ha suicidado.
Quiero mirar los campos, el río tranquilo,
la destrucción cabalga por los caminos
cuatro jinetes negros enfurecidos
cambian risas por llanto, hambre y gemidos.
las amapolas rojas han florecido
entre tanques siniestros, sin pan ni trigo.
mi casa no existe ya no queda nadie.
Las zarpas de la guerra me han desgarrado,
la bestia ensangrentada me ha devorado,
en mi tierra no existe la primavera
no llegará el verano junto a las eras.
Las risas de mis hijos se han acabado
mi pobre alma perdida se ha suicidado.
Quiero mirar los campos, el río tranquilo,
la destrucción cabalga por los caminos
cuatro jinetes negros enfurecidos
cambian risas por llanto, hambre y gemidos.
las amapolas rojas han florecido
entre tanques siniestros, sin pan ni trigo.
El amor perdido
En la escalinata de la plaza oscura
tirado está un hombre que llora y murmura,
la angustia le ahoga, no quiere vivir
no quiere moverse, no quiere seguir.
Hasta ese momento creyó que la vida
era algo tranquilo, era algo feliz,
creyó en el amor que amaba y besaba
cuidaba y mimaba, hasta que acabó
con un viento frío, gélido y vacío
que se lo llevó una madrugada que no amaneció
un día tranquilo que no salió el sol.
Pero esa amargura que se llama vida
siempre exige y manda y hará levantarse
de la escalinata de la oscura plaza
a ese pobre hombre, que se irá llorando
despacio a su casa.
tirado está un hombre que llora y murmura,
la angustia le ahoga, no quiere vivir
no quiere moverse, no quiere seguir.
Hasta ese momento creyó que la vida
era algo tranquilo, era algo feliz,
creyó en el amor que amaba y besaba
cuidaba y mimaba, hasta que acabó
con un viento frío, gélido y vacío
que se lo llevó una madrugada que no amaneció
un día tranquilo que no salió el sol.
Pero esa amargura que se llama vida
siempre exige y manda y hará levantarse
de la escalinata de la oscura plaza
a ese pobre hombre, que se irá llorando
despacio a su casa.
domingo, 12 de octubre de 2008
Alma liberada
Qué negros algodones ensucian ya mi cuerpo,
qué malas sensaciones, qué impotencia feroz
espero, ardo en deseos de convertirme en nube
y unirme allá en el cielo con la estrella fugaz.
Una vez en la esfera que ilumina la luna,
bañarme con el aire que perfuman las rosas
jugar con los luceros que anuncian la mañana
y antes de que los rayos del sol me desvanezcan,
envolverme en el polvo leve de las estrellas.
Seré un gran navegante sobre el mar en silencio,
recorreré los montes cual pájaro emigrante
iré lejos, muy lejos, más allá de la mente,
más allá del hechizo, más allá del torrente.
El agua cristalina rebosante de espuma
me ofrecerá su lecho de descanso de luna
nunca más volveré a la ingrávida tierra,
no más dolor ni carga de estúpida firmeza,
del polvo hemos nacido y el mismo nos espera,
no seré polvo gris, sino polvo de estrellas.
qué malas sensaciones, qué impotencia feroz
espero, ardo en deseos de convertirme en nube
y unirme allá en el cielo con la estrella fugaz.
Una vez en la esfera que ilumina la luna,
bañarme con el aire que perfuman las rosas
jugar con los luceros que anuncian la mañana
y antes de que los rayos del sol me desvanezcan,
envolverme en el polvo leve de las estrellas.
Seré un gran navegante sobre el mar en silencio,
recorreré los montes cual pájaro emigrante
iré lejos, muy lejos, más allá de la mente,
más allá del hechizo, más allá del torrente.
El agua cristalina rebosante de espuma
me ofrecerá su lecho de descanso de luna
nunca más volveré a la ingrávida tierra,
no más dolor ni carga de estúpida firmeza,
del polvo hemos nacido y el mismo nos espera,
no seré polvo gris, sino polvo de estrellas.
sábado, 11 de octubre de 2008
Mis manos varadas
El silencio de mis manos
grita fuerte, se desgarra,
es una marea alta,
como nave el corazón,
como pasajera el alma,
como amiga la emoción
que se derrama entre lágrimas.
Las sensaciones se agitan, se rebelan,
se contraen, luchan por salir afuera
y se encuentran con la nada,
la impotencia más tirana,
los recueros dulces, tiernos
y otros amargos, muy negros.
El mar siempre en mi destino,
en calma, bronco, bravío,
azul con olitas blancas,
gris con las nubes muy bajas
y mi silencio, mis manos,
en la arena fina y blanca
varadas, allá en la playa.
grita fuerte, se desgarra,
es una marea alta,
como nave el corazón,
como pasajera el alma,
como amiga la emoción
que se derrama entre lágrimas.
Las sensaciones se agitan, se rebelan,
se contraen, luchan por salir afuera
y se encuentran con la nada,
la impotencia más tirana,
los recueros dulces, tiernos
y otros amargos, muy negros.
El mar siempre en mi destino,
en calma, bronco, bravío,
azul con olitas blancas,
gris con las nubes muy bajas
y mi silencio, mis manos,
en la arena fina y blanca
varadas, allá en la playa.
Tela de araña
Los pensamientos sin nombre
sin fecha sin dirección
son como cartas perdidas
que vuelven al corazón.
Tengo el alma envuelta en niebla
transida por el dolor
pues mi ilusión, mi locura,
se me fue sin un adiós.
Como una tela de araña
envolvió vida y amor,
maldita la estrella negra
y su luz de destrucción,
mi arco iris de colores
se fundió en una explosión.
Mi pensamiento con nombre
con fecha y con dirección,
se ha diluido en el aire
como pompa de jabón,
va directo al infinito
certero, a la sinrazón.
.
TELA DE ARAÑA
Los pensamientos sin nombre
sin fecha sin dirección
son como cartas perdidas
que vuelven al corazón.
Tengo el alma envuelta en niebla
transida por el dolor
pues mi ilusión, mi locura,
se me fue sin un adiós.
Como una tela de araña
envolvió vida y amor,
maldita la estrella negra
y su luz de destrucción,
mi arco iris de colores
se fundió en una explosión.
Mi pensamiento con nombre
con fecha y con dirección,
se ha diluido en el aire
como pompa de jabón,
va directo al infinito
certero, a la sinrazón.
.
viernes, 10 de octubre de 2008
Ojos de la noche
Los ojos de la noche
vigilan nuestros cuerpos,
vigilan nuestras almas
y nuestros pensamientos.
Volando con las nubes
navegan con los vientos
se cruzan con los pájaros
nocturnos, viajeros.
Trasmiten paz o guerra
amor o desaliento
acunan malos auras
adormecen los sueños.
Los ojos de la noche
son cóncavos y extensos
sus pupilas reviven
historias de otros tiempos.
Sus pestañas son bosques
que pueblan el pasado
sus cejas son caminos
de otro mundo ignorado.
Cuando ya llega el alba
y el lucero aparece
exhaustos y cansados
se cierran y adormecen.
Ojos de la noche
negros y profundos
subís a la luna,
viajáis a otros mundos.
vigilan nuestros cuerpos,
vigilan nuestras almas
y nuestros pensamientos.
Volando con las nubes
navegan con los vientos
se cruzan con los pájaros
nocturnos, viajeros.
Trasmiten paz o guerra
amor o desaliento
acunan malos auras
adormecen los sueños.
Los ojos de la noche
son cóncavos y extensos
sus pupilas reviven
historias de otros tiempos.
Sus pestañas son bosques
que pueblan el pasado
sus cejas son caminos
de otro mundo ignorado.
Cuando ya llega el alba
y el lucero aparece
exhaustos y cansados
se cierran y adormecen.
Ojos de la noche
negros y profundos
subís a la luna,
viajáis a otros mundos.
Ojos de la noche
Los ojos de la noche
vigilan nuestros cuerpos,
vigilan nuestras almas
y nuestros pensamientos.
Volando con las nubes
navegan con los vientos
se cruzan con los pájaros
nocturnos, viajeros.
Trasmiten paz o guerra
amor o desaliento
acunan malos auras
adormecen los sueños.
Los ojos de la noche
son cóncavos y extensos
sus pupilas reviven
historias de otros tiempos.
Sus pestañas son bosques
que pueblan el pasado
sus cejas son caminos
de otro mundo ignorado.
Cuando ya llega el alba
y el lucero aparece
exhaustos y cansados
se cierran y adormecen.
Ojos de la noche
negros y profundos
subís a la luna,
viajáis a otros mundos.
Biorritmos alterados
Entre las olas voluptuosas de mis biorritmos
descubro una sensibilidad con las defensas bajas
un corazón con remiendos y rebajas
y una mente a veces lúcida,
a veces solamente en marcha.
Caracolea mi visión de las cosas futuras
y se difumina mi pasado reciente,
siento en mis venas que corre biodramina
para paliar mi mareo vespertino
que ya en la noche vapulea y delira.
Cuando anochece mi alma se marchita
como crisantemo a finales de noviembre.
Si mis sienes se encienden con la fiebre
el hielo más cruel enfría mi raciocinio leve.
Serpentea la euforia hacia la garganta
ahogando mi emoción que salta hecha pedazos.
Sueños de alucine, noches sin fronteras,
no encuentro el camino, mis ritmos se alteran.
descubro una sensibilidad con las defensas bajas
un corazón con remiendos y rebajas
y una mente a veces lúcida,
a veces solamente en marcha.
Caracolea mi visión de las cosas futuras
y se difumina mi pasado reciente,
siento en mis venas que corre biodramina
para paliar mi mareo vespertino
que ya en la noche vapulea y delira.
Cuando anochece mi alma se marchita
como crisantemo a finales de noviembre.
Si mis sienes se encienden con la fiebre
el hielo más cruel enfría mi raciocinio leve.
Serpentea la euforia hacia la garganta
ahogando mi emoción que salta hecha pedazos.
Sueños de alucine, noches sin fronteras,
no encuentro el camino, mis ritmos se alteran.
Desde mi cama vacia
Cuando cerraste la puerta
pensé, todo se ha acabado
pero comencé el camino,
se puso en marcha la tregua.
Ni una sola madrugada
dejé de llorar mi pena,
ni un solo día pasó
sin que el sol ya no saliera.
Desde mi cama vacía
veía alejarse la playa
que antes cuando estabas tú
se acercaba a mi ventana.
Las gaviotas que hace un tiempo
alegraban mis mañanas
ahora son aves siniestras
que se burlan con venganza.
Te despediste hasta nunca,
se acabó ya la esperanza
y mi alma tan vencida
se derrumbó y se hizo lágrima.
Todo eras para mí
el porvenir, la esperanza,
mi cuerpo era una rosa
que se abría para ti
al nacer de nuevo el alba.
Ha pasado ya algún tiempo
y aunque no puedo aún vivir
noto un latido de calma
un rayito de esperanza
algo que empieza a nacer
y despierta en mis entrañas.
Solo me queda una duda,
si volvieras otra vez
cual sería mi reacción
¿Serian bellas las gaviotas
o tal vez se ocultaría
el mar detrás de las rocas?.
Algún día puede ser
que otra vez sea una rosa
sin espinas y entregada
de nuevo al amor, dichosa.
pensé, todo se ha acabado
pero comencé el camino,
se puso en marcha la tregua.
Ni una sola madrugada
dejé de llorar mi pena,
ni un solo día pasó
sin que el sol ya no saliera.
Desde mi cama vacía
veía alejarse la playa
que antes cuando estabas tú
se acercaba a mi ventana.
Las gaviotas que hace un tiempo
alegraban mis mañanas
ahora son aves siniestras
que se burlan con venganza.
Te despediste hasta nunca,
se acabó ya la esperanza
y mi alma tan vencida
se derrumbó y se hizo lágrima.
Todo eras para mí
el porvenir, la esperanza,
mi cuerpo era una rosa
que se abría para ti
al nacer de nuevo el alba.
Ha pasado ya algún tiempo
y aunque no puedo aún vivir
noto un latido de calma
un rayito de esperanza
algo que empieza a nacer
y despierta en mis entrañas.
Solo me queda una duda,
si volvieras otra vez
cual sería mi reacción
¿Serian bellas las gaviotas
o tal vez se ocultaría
el mar detrás de las rocas?.
Algún día puede ser
que otra vez sea una rosa
sin espinas y entregada
de nuevo al amor, dichosa.
lunes, 6 de octubre de 2008
Granada
Granada, vega, canción,
claveles en las ventanas,
arte que brota del suelo
que sube por las murallas,
igual que una enredadera
de jazmines perfumada.
Yo fui niño en mi Granada
yo corrí por sus jardines,
su moreria, sus plazas,
mi alma pura, adolescente,
se nutrió de arte, de raza,
y cuando tuve que irme
mientras el tren se alejaba,
guardé dentro de mi ser
el olor fuerte de azahar,
el taconeo, la zambra
y el murmullo de las fuentes
que le dan vida a La Alhambra.
Perdida en la madrugada
mi niñez quedó en Granada.
claveles en las ventanas,
arte que brota del suelo
que sube por las murallas,
igual que una enredadera
de jazmines perfumada.
Yo fui niño en mi Granada
yo corrí por sus jardines,
su moreria, sus plazas,
mi alma pura, adolescente,
se nutrió de arte, de raza,
y cuando tuve que irme
mientras el tren se alejaba,
guardé dentro de mi ser
el olor fuerte de azahar,
el taconeo, la zambra
y el murmullo de las fuentes
que le dan vida a La Alhambra.
Perdida en la madrugada
mi niñez quedó en Granada.
domingo, 5 de octubre de 2008
MI NIÑEZ EN GRANADA
Granada, sólo tu aroma, me evoca la morería,
esos patios de naranjos, ese sol que martiriza,
esas fuentes en las plazas, esa brisa matutina.
La Alhambra allá en lo más alto, oteando el mar lejano,
recibiendo la primera, los rayos del sol temprano.
Una suave melodía se va escuchando en los barrios
lamento de la guitarra, lamento de los gitanos.
Granada, vega, canción, claveles en las ventanas,
arte que brota del suelo, que sube por las murallas,
igual que una enredadera de jazmines perfumada.
Yo fui niño en mi Granada y descubrí la grandeza
del misterio de la Alhambra jugando en sus patios moros,
trepando por sus murallas y mojé mis pies descalzos
en el agua rumorosa que de los jardines mana.
Respiré la nieve, el aire, de su sierra soberana
mi alma pura, adolescente, se nutrió de arte y de raza.
Cuando tuve que partir, mientras el tren se alejaba,
guardé dentro de mi ser el olor fuerte de azahar,
el taconeo, la zambra y el murmullo de las fuentes
que le dan vida a la Alhambra.
Algún día volveré, en busca de tu mirada
con lágrimas de emoción mis ojos verán mi infancia
y por la orilla del Darro paso tras paso andaré
la senda nunca olvidada, vivencias que allí dejé,
pues fui niño en mi Granada.
Granada, sólo tu aroma, me evoca la morería,
esos patios de naranjos, ese sol que martiriza,
esas fuentes en las plazas, esa brisa matutina.
La Alhambra allá en lo más alto, oteando el mar lejano,
recibiendo la primera, los rayos del sol temprano.
Una suave melodía se va escuchando en los barrios
lamento de la guitarra, lamento de los gitanos.
Granada, vega, canción, claveles en las ventanas,
arte que brota del suelo, que sube por las murallas,
igual que una enredadera de jazmines perfumada.
Yo fui niño en mi Granada y descubrí la grandeza
del misterio de la Alhambra jugando en sus patios moros,
trepando por sus murallas y mojé mis pies descalzos
en el agua rumorosa que de los jardines mana.
Respiré la nieve, el aire, de su sierra soberana
mi alma pura, adolescente, se nutrió de arte y de raza.
Cuando tuve que partir, mientras el tren se alejaba,
guardé dentro de mi ser el olor fuerte de azahar,
el taconeo, la zambra y el murmullo de las fuentes
que le dan vida a la Alhambra.
Algún día volveré, en busca de tu mirada
con lágrimas de emoción mis ojos verán mi infancia
y por la orilla del Darro paso tras paso andaré
la senda nunca olvidada, vivencias que allí dejé,
pues fui niño en mi Granada.
sábado, 27 de septiembre de 2008
Sueño imposible
SUEÑO IMPOSIBLE
Tarde de domingo llena
de desilusión y lluvia
libro sólo, abandonado,
mudo testigo vencido
pues ya sabe que esta tarde
no lo tendré como amigo.
Vaso de wisky vacío
teléfono que no suena
el reloj marca las horas
que van pasando con pena.
Miro por el ventanal
con la esperanza secreta
de verle por fin llegar
bajo la tormenta fiera.
Goterones van marcando
mis lágrimas que no cesan
la tarde sigue avanzando
como ejército de piedra,
lento, pesado y oscuro
pensando que va a llegar
con seguridad a la meta.
No quiero seguir llorando
ni desesperar inquieta
me recluiré en la noche,
dejaré la puerta abierta
y arrebujada en mi cama
esperaré a que amanezca.
Si vuelves te acogeré
más si no te vuelvo a ver
te recordaré por siempre
como el sueño que no fue
como el amor imposible
que nació y murió a la vez.
Tarde de domingo llena
de desilusión y lluvia
libro sólo, abandonado,
mudo testigo vencido
pues ya sabe que esta tarde
no lo tendré como amigo.
Vaso de wisky vacío
teléfono que no suena
el reloj marca las horas
que van pasando con pena.
Miro por el ventanal
con la esperanza secreta
de verle por fin llegar
bajo la tormenta fiera.
Goterones van marcando
mis lágrimas que no cesan
la tarde sigue avanzando
como ejército de piedra,
lento, pesado y oscuro
pensando que va a llegar
con seguridad a la meta.
No quiero seguir llorando
ni desesperar inquieta
me recluiré en la noche,
dejaré la puerta abierta
y arrebujada en mi cama
esperaré a que amanezca.
Si vuelves te acogeré
más si no te vuelvo a ver
te recordaré por siempre
como el sueño que no fue
como el amor imposible
que nació y murió a la vez.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Mare Nostrum
MARE NOSTRUM
El aire fresco del mar, acaricia mis sentidos
como dedos misteriosos que fueran tejiendo hilos
hilos de seda y de sal, espuma de encaje blanco
luces lejanas que tiemblan, oscuras sombras de barcos.
La suave brisa marina apacigua los latidos
de los pulsos castigados, de los corazones limpios
de las mentes torturadas, de los impulsos indignos.
Mar, Mare Nostrum nuestra, Mediterráneo cautivo
a cuyas orillas fluyen, secas tierras, verdes pinos
arenas blancas suaves, acantilados altivos
verde limón, amapola, verdes hojas del olivo.
Pueblos de torres azules, de piedra blanca, castillos.
Mediterráneo me muero, me desangro y me desvivo
cada día que transcurre sin poder ver el reflejo
de la luna y las estrellas, sobre tu espejo marino.
Temperamento que asoma al borde del precipicio
que canta, ríe o que llora, vertiendo lágrimas puras
en los riscos, en las olas que se mezclan mar adentro
donde la tierra se pierde, con otros mares ancestros.
Amaneceres rosados que dan paso al sol bravío
al atardecer, perfume de albahaca, jazmines, lirios
y por la noche el susurro, el sonido de los siglos
el vaivén tan dulce y rítmico, mar querido, mar querido,
siempre, siempre, hasta mi adiós quiero sentir tu latido
tu arrullo, tu abrazo suave, tu orilla blanca, tu abrigo.
El aire fresco del mar, acaricia mis sentidos
como dedos misteriosos que fueran tejiendo hilos
hilos de seda y de sal, espuma de encaje blanco
luces lejanas que tiemblan, oscuras sombras de barcos.
La suave brisa marina apacigua los latidos
de los pulsos castigados, de los corazones limpios
de las mentes torturadas, de los impulsos indignos.
Mar, Mare Nostrum nuestra, Mediterráneo cautivo
a cuyas orillas fluyen, secas tierras, verdes pinos
arenas blancas suaves, acantilados altivos
verde limón, amapola, verdes hojas del olivo.
Pueblos de torres azules, de piedra blanca, castillos.
Mediterráneo me muero, me desangro y me desvivo
cada día que transcurre sin poder ver el reflejo
de la luna y las estrellas, sobre tu espejo marino.
Temperamento que asoma al borde del precipicio
que canta, ríe o que llora, vertiendo lágrimas puras
en los riscos, en las olas que se mezclan mar adentro
donde la tierra se pierde, con otros mares ancestros.
Amaneceres rosados que dan paso al sol bravío
al atardecer, perfume de albahaca, jazmines, lirios
y por la noche el susurro, el sonido de los siglos
el vaivén tan dulce y rítmico, mar querido, mar querido,
siempre, siempre, hasta mi adiós quiero sentir tu latido
tu arrullo, tu abrazo suave, tu orilla blanca, tu abrigo.
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