sábado, 15 de noviembre de 2008

EL TRANVIA Nº6

Hoy, uno de agosto de mil novecientos noventa y tantos, me he despertado muy temprano, o para ser más exacta, no he dormido casi. Como todos los años, en esta fecha comienzan mis vacaciones y también mi viaje hacia el mar, a encontrarme con mi adorado Alicante. Perdón, con la emoción no me he presentado, me llamo Alicia, soy alicantina aunque vivo en Madrid desde hace bastantes años.
Visito mucho mi ciudad natal (siempre que puedo), que ahora es bastante, ya que tengo menos obligaciones y eso, a mis cincuenta y tantos años empieza a sentar bien al cuerpo.
Alejandro (ese es mi marido), hace rato que ya está en pié y desde la cocina me llama recordándome que tenemos un viaje por delante y que nos va a pillar alguien tan desagradable como don atasco. Cargamos los bártulos en el coche y... ¡hala! hacia el mar. Poco a poco ya en la carretera voy observando a los demás coches, casi todos repletos de hijos, suegras, perros y demás familia. Nosotros también llevamos a Bruno, nuestro querido perrito que desde que nació nos llena de alegría y ternura.
Poco a poco el suave vaivén del coche me va adormeciendo y surgen en mi mente como duendecillos traviesos recuerdos de mi infancia, siempre en la misma y querida, ya, vieja casa de mis padres. Nací en ella y muchas de mis vivencias han transcurrido allí. Recuerdo el tecleo de la máquina de escribir de mi padre, el tris-tras de la Singer de mi madre, siempre con alguna prenda que coser y cómo no, el traqueteo del tranvía que pasaba a escasos metros de mi casa.
En invierno las calles se embarraban en cuanto caían cuatro gotas y en verano aquellas tertulias de vecinos siempre con el botijo lleno de agua fresquita con unas gotas de anís, para aliviar los gaznates de tanta cháchara y alguna risa que otra, mientras de algún patio cercano nos llegaba el aroma de algún jazminero mezclado con el olor a sardinas fritas de la cena familiar.

Mi calle estaba compuesta casi toda de plantas bajas, solamente existían dos o tres de dos alturas (contando la mía) y desembocaba junto al camino de entrada del Benacantil. ¡Cuantos recuerdos vienen a mi mente situados en mi querido castillo!. Siendo yo muy pequeña me llevaba mi madre en verano a merendar a una de sus laderas, muy frondosa entonces, donde llegaba la brisa del mar y nos envolvía la frescura de la pinada. Acudían madres con sus niños, gente mayor y algunos enfermos con su hamaca bajo el brazo buscando alivio a sus deteriorados pulmones, secuela de la guerra recién sufrida.
Por la noche, lo último que escuchaba antes de dormir era el monótono ruido del tranvía y lo primero que volvía a oír al despertar. Casi todas las casas tenían gallinero en el patio trasero y al amanecer, el “quiquiriquí” de los gallos, algunas veces me despertaba y escalofriaba, pues en la madrugada me sonaban a gritos misteriosos o lamentos del más allá, (siempre he sido muy imaginativa), además de molestar mi plácido sueño.
Éramos una familia de clase media, mi padre era representante de comercio y mi madre una gran y sufrida ama de casa. Cuando yo tenía cuatro años nació mi hermano Pablo (menuda pieza), un niño despierto y muy travieso y el azote de mi adolescencia, siempre “chinchándome” y espiando mis actos para cogerme en falta y ejercer ante mis padres de chivato, que era lo que más le divertía.
Como en todos los barrios, los críos jugábamos en la calle por las tardes al salir de la escuela, hasta que las madres nos llamaban a voces desde la ventana para cenar. Bueno, las veces que me peleaba con los chicos incluso mayores que yo por culpa de mi hermano eran incontables, ¡menudo era Pablito!. Rara era la tarde que terminaba bien el juego; siempre llevaba las rodillas llenas de heridas, sietes en el pantalón y los codos rojos como un rábano, encima el muy “desgraciao” medía sus fuerzas casi siempre con chavales mayores que él, con lo cual llegábamos a casa los dos como si viniésemos de una batalla y como colofón teniendo que soportar las iras de mi madre, o sea, algún zapatillazo o cachete, ¡por salvajes!, como decía ella.
Los recuerdos van acudiendo a mi mente dulcemente, miro por la ventanilla del coche y el paisaje manchego desfila vertiginosamente ante mis ojos semicerrados. Bruno duerme plácidamente y mi marido tararea bajito el Libre de Nino Bravo y me sumerjo de nuevo en mis recuerdos, hasta llegar al verano del cincuenta y ocho. Tenía entonces dieciocho años y aquel día uno de agosto comenzaban mis vacaciones. Había finalizado mis estudios de secretariado, taquigrafía, mecanografía, correspondencia... en fin, lo que se estudiaba para acceder a una oficina, cosa que esperaba ponerme en ello después de las vacaciones. Lo primero que escuché aquel feliz día (aparte del familiar ruido del tranvía, claro) fueron los maullidos de Trigo, nuestro gatito (sufridor el pobre de mi “encantador” hermano) que aunque ya tenía catorce años seguía siendo un poco “cafre”. Mi madre le regañaba por no se qué, y él decía que no le había hecho nada al gato. Sonó el teléfono y al momento mi madre me llamó: ¡Alicia al teléfono!, te llama Rosario; Aquí tengo que hacer dos presentaciones más: Rosario junto con Anita eran mis dos amigas del alma, la primera era alta y recia y con un gran carácter por lo cual a veces yo le decía para enfadarla ¡mi sargento!, pero también tenía su corazoncito tierno y era leal y comprensiva. Anita era otra cosa, un poco tímida, menuda, delgada, con la sonrisa siempre a punto... era el complemento ideal de Rosario y luego estaba yo, a medio camino entre una y otra pero con un don especial para convencerlas y terminar haciéndose lo que yo proponía; ¡Hola Charo, (Rosario odiaba que la llamase así), hola Alicia, (no me llames Charo, so tonta), en quince minutos estamos ahí así que desayuna “deprisita” y coge la toalla que nos espera el inmenso mar...
Rosario tenía la misma edad que yo, nos conocíamos desde párvulos y éramos como hermanas. Las dos vivían en Carolinas frente a la iglesia de San José, a diez minutos de mi casa, así que me puse enseguida en movimiento. Media hora después estábamos bajando del tranvía en la Explanada. Era un día laborable pero así y todo había mucho movimiento hacia la playa. Pasamos por delante de los balnearios y nos dirigimos a la orilla del mar. El Postiguet estaba bastante concurrido así que llegamos hasta cerca del Cocó, buscando un sitio que nos gustase. ¡Mirar, allí al lado de aquel chico de la toalla roja hay un buen hueco!, propuse. Aquel chico de la toalla roja era Cosme, la persona que iba a ser mi primer amor y que haría de aquel verano algo muy especial para mí.
Nos dirigimos alocadamente hacia el apetecido hueco y al pasar junto a Cosme que estaba tumbado boca abajo sobre su toalla, lo llenamos de arena hasta el cogote. ¡Pero bueno!, protestó él, tener un poco más de cuidado que ya sois mayorcitas. Avergonzadas le pedimos disculpas y por primera vez nuestras miradas se cruzaron. Un poco “cortadas”, extendimos las toallas y nos quitamos la ropa. Cosme se había sentado y estaba leyendo un libro, corría una brisa un poco agitada y el sol no lucía con todo su esplendor.
El mar está bastante rizado, dijo Rosario, observando el horizonte cual curtido lobo de mar. ¡Qué va! está el agua buenísima, contesté yo por el puro placer de contrariarla, vamos ya adentro. Fijé la vista en Cosme y le dije: por favor, ¿puedes echar un vistazo a nuestras cosas mientras nos bañamos?, claro, si piensas quedarte un rato por aquí.
No te preocupes maja, haré de guardián.
Solo serán diez minutos, más no aguanto el baño... ¡ah! me llamo Alicia... y yo Cosme, contestó él sonriente.
Dicho esto eché a correr hacia el mar mientras observaba de reojo como él me seguía con la mirada. Qué chico más estupendo, pensé, y acto seguido me tiré de cabeza sobre una ola que venía a morir a la orilla, tan tranquila ella.
Lo que ocurrió después fue bastante rápido y agobiante, las tres amigas jugábamos divertidas, chapuzón viene, chapuzón va, hasta que de pronto nos vimos arrastradas por una marea que nos llevaba hacia dentro, no hacíamos pié y por más que intentábamos salir no nos movíamos del sitio. Voy a pedir ayuda, dijo Rosario, que al ser la más fuerte de las tres logró nadar hacia la orilla. Anita y yo nos quedamos apoyándonos una con la otra y pidiendo socorro a grito pelado. Así estuvimos unos segundos que a nosotras se nos hicieron eternos, hasta que notamos unos brazos que nos intentaban sujetar, a pesar de que movíamos los nuestros cual aspas de molino enloquecidas. Luego me enteré que entraron a salvarnos tres chicos y que nos recogió la barca de remos que entonces ponía al servicio de los bañistas el Ayuntamiento, como socorrismo.
Ya en la orilla tumbada sobre mi toalla tratando de calmarme, me di cuenta de que uno de los salvadores había sido Cosme. ¡Uff!...dije, sin poder aún respirar con normalidad, vaya mañanita de playa que te estamos dando. No te preocupes ya ha pasado todo, contestó, ahora a descansar un poco.
¿Ves como estaba el mar peligroso, puñetera?, decía Rosario con su voz de trueno. Un poco más tarde con los ánimos ya calmados y el estómago capaz de engullir nuestros respectivos bocadillos, mis amigas se fueron a dar un paseo por la orilla. Yo me quedé a solas con Cosme que encendió un cigarrillo para apagarlo inmediatamente. No debo fumar, me lo ha prohibido el médico pero llevo la cajetilla por costumbre aunque el hábito me hace encender el cigarrillo, pero no ocurre nada, dijo sin convicción, sólo me produce tos. ¡Ah!... ya, dije, sin saber qué contestar.
Comenzamos a hablar, notamos que entre nosotros existía un buen rollo como decimos ahora. Él era de Zaragoza, bueno de un pueblo muy cercano a la capital. Su padre era agricultor, poseía unas tierras plantadas de frutales y huertas que cuidaba junto a sus hijos, dos hermanos de Cosme y él mismo. Vivian en un caserón antiguo junto a la plantación, con su madre y su tía que cuidaban de la casa.
Y... ¿dónde has aprendido tú a nadar?. En la balsa de regadío que es muy grande, no creas, contestó sonriendo divertido. Seguimos hablando y hablando hasta que llegaron mis amigas de su paseo y escuché la voz marimandona de Rosario: Alicia vístete que nos vamos ¿ya es hora, no?. Me vestí y nos despedimos de Cosme ¿vendréis mañana? dijo mirándome. Si claro, contesté, mañana estaremos aquí a la misma hora y en el mismo sitio... ¡ah! y muchas gracias por salvarnos la vida. No ha sido para tanto, yo solamente he ayudado, no soy un experto nadador de mar, solamente sé chapotear en la balsa de regadío, bromeó. Nos dimos la mano y nos separamos.
Ni que decir tiene que al día siguiente volvimos al mismo sitio, no sin antes convencer a la férrea Rosario y pasar de sus suspicacias diciendo que si iba a estropear las vacaciones de las tres o si íbamos a tener “Cosme” hasta en la sopa .
Anita era de pocas palabras pero acertadas y sentenció: habéis recibido un flechazo y te has enamorado del playero ese. ¡Anda la tonta! dijo Rosario, pero, ¿tú quién te crees que eres, la Corín Tellado?. Entre dimes y diretes pasaron dos días más de tertulia entre Cosme y yo. Las cosas estaban cada vez más claras entre nosotros y más tensas con mis amigas.
Aquella mañana cuando llegó la hora de regresar a casa y a la orden de Rosario: ¡vámonos!, ya es hora ¿no?, contesté con un hilillo de voz: ir delante vosotras que yo me quedo un ratito más, a lo que él se apresuró a contestar: yo le acompaño luego al tranvía, no os preocupéis. Si las miradas mataran el pobre Cosme habría caído fulminado y echando humo por todos sus poros. ¡Está bien, ahí te quedas!, dijo, pero con una mirada de... ¡ya hablaremos tu y yo!.
Nos quedamos los dos solos casi sin saber que decirnos, yo con el pié iba haciendo surcos en la arena y él miraba hacia el mar fijamente. ¿Cómo es que has venido de vacaciones tú sólo? le pregunté. Me miró a los ojos y contestó: no conocía el mar y decidí hace unos días descubrirlo, pero yo sólo, con tranquilidad, sin planes y prisas de amigos, sumergirme en él cuantas veces quisiera y estar horas contemplándolo. No creo que sea buena mi compañía para ti en este caso ¿no crees?. Me miró intensamente y sonriendo me contestó: tú eres mi gran sorpresa y el regalo maravilloso de tu compañía lo mejor de estas vacaciones. Quisiera pedirte que saliésemos juntos los días que yo pueda permanecer aquí, si aceptas los estiraré todo lo que pueda. Acepto, contesté muy seria y ahora cumple tu promesa y acompáñame al tranvía que se ha hecho muy tarde. ¿No podríamos comer juntos? apuntó, el restaurante del hotel tiene muy buena pinta. Otro día, no corras tanto, de momento espérame hoy en la parada a las seis.
Mientras el renqueante tranvía me llevaba hacia mi casa me sentí extrañamente contenta, invadida por un sentimiento hasta entonces desconocido, emocionada y feliz. La brisa que entraba por la ventanilla aliviaba el calor que sentía ( y no solamente por la quemazón del sol playero), era algo más... Cosme de pronto me resultaba tan cercano como si le conociese de toda la vida. Tenía veinticuatro años, era guapo..., bueno, más que guapo atractivo, simpático, alto (en aquella época medir 1,75 ya era ser alto), cabello castaño y más bien delgado. Sus ojos marrones querían ser alegres, pero tenían un fondo de tristeza y trasmitían una serena melancolía. ¡Madre mía! exclamé sin darme cuenta en voz alta ¿tendrá razón Anita?.
En aquel tiempo, a los dieciocho años (las chicas sobre todo), éramos aún adolescentes y entrábamos en el amor de puntillas. No decíamos como ahora: oye tía, qué bueno está este tío, tiene un culito debuten, etc. Sino, ¡qué guapo es Antonio!, voy a ver si esta tarde me cruzo con él en la Explanada y me mira, ¡el domingo en el guateque seguro que me conquisto a Luis! y otras lindezas parecidas, aunque bien es verdad que nos arrimábamos al bailar Only you (si nos gustaba el chaval, claro), y por dentro... ¡estallábamos!. En realidad viene a ser lo mismo pero en otro “idioma” generacional.
Pues bien, tuve que convencer a mis amigas, sobre todo a Rosario que me culpaba de abandonarlas en plenas vacaciones. Les dije que me gustaba mucho Cosme que ellas eran dos y por tanto podían salir igualmente sin mí y además él se iba a marchar el día quince, luego nos quedaban muchos días más de vacaciones para ir a la playa, al cine, pasear e irnos unos días al pueblo de los abuelos de Anita.
Al final cedieron y reconocieron que llevaba razón, nos dimos un beso y tan amigas.
A partir de ese día salimos juntos mañana, tarde y noche no, porque a las diez había que estar en casa. Por las mañanas nuestras raciones prolongadas de playa y por las tardes me dediqué a mostrarle los rincones típicos y entrañables de la ciudad. Estuvimos en Santa Cruz, subiendo hasta la ermita, en el panteón de Quijano (un oasis de paz en medio de la ciudad), el paseito Ramiro, el parque de Canalejas etc... Un día fuimos a Benidorm en el “trenet”. Cosme quedo encantado con aquel pueblo de pescadores tan pintoresco, que comenzaba a poner los cimientos de su “hecatombe” actual.
Nuestra relación era tranquila y romántica, con algún beso y “achuchón” que otro (sin llegar a palabras mayores ¿eh?). ¡Menudos tiempos!... te podía amonestar hasta la guardia civil si te veían besándote cuando estabas tan tranquilo sentado en un banco debajo de una palmera.
Él me decía cosas como: eres brillante y tierna como una estrella reflejándose en el mar. Yo riendo le contestaba: ¡vaya! ¿Eres poeta además de agricultor?. Puede ser, siempre queda tiempo para leer o escribir poesía. En el campo los días son muy largos y entre la recogida de los tomates y la siembra de las patatas queda un hueco que yo aprovecho para culturizarme un poco. Soy tu enamorado y estoy seguro que has aparecido este verano tan especial para mí como un ángel bello y travieso, continuaba, para “chincharme” un poco. Riéndome le contesté, pues este ángel tiene sed, vamos a tomar una horchata aquí mismo en el Peret. Esto es “bóbilis de ángel” decía Cosme refiriéndose a la horchata, ¿Bóbilis de qué?. De ángel como tú, o sea, cosa buena.
Así iban pasando los días. En mi casa se extrañaban de que mis amigas no pasasen a recogerme. Les dije que nos reuníamos en la parada del trole para adelantar. Aquello coló y no volvieron a preguntarme, pero el “venao” de mi hermano metía la pata y decía en voz alta: eso es que tiene novio, que tiene novio y no quiere decirlo. ¡Calla enclenque con gafas, contestaba yo airada!. ¿Y tú? que tienes patitas de alambre. Ya te vigilaré y me enteraré, respondía furioso.
Ahora recuerdo que yo hablaba mucho del porvenir, mientras Cosme se dedicaba a mantenerse en el presente. Aplazó su vuelta a casa un par de días más, nos angustiaba tener que separarnos, es más, evitábamos hablar del momento que fatalmente tenía que llegar. Te quiero, me decía, serás siempre mi amor hasta la eternidad. ¡Qué trascendente eres, hijo! Y tú, mi amor de tierra adentro, o sea, de secano, le decía para “picarle” y terminar riendo los dos.
Llegó la víspera de su marcha, diecisiete de agosto. Le insistí en subir a lo alto del Castillo de Santa Bárbara, refiriéndole entusiasmada el panorama tan maravilloso que se divisaba desde allí. Se resistió un poco pero al final accedió. Eran las seis de la tarde y el sol aún caía con fuerza. Mira, esa es mi casa, le comentaba, qué bien se ve desde aquí... la fábrica de tabacos... la plaza de toros... Cosme sonreía y atendía mis indicaciones `por complacerme, pero al mirarle noté que estaba un poco pálido, respiraba con alguna dificultad y le propuse: vamos a acercarnos al mirador del “cortao” así descansamos un poco, allí corre un aire muy fresco y da algo de sombra. Así lo hicimos y una vez sentados en un banco Cosme un poco avergonzado me dijo: llevo arrastrando desde este invierno pasado una bronquitis mal curada y aunque yo creía que me encontraba ya bien, me estoy dando cuenta que no es así. Perdóname sirenita (me llamaba a veces así) pero parezco un viejo. ¡No hombre, no! le animé, en realidad hace mucho calor aún, no debíamos de haber subido tan pronto. Qué bonita se ve la ciudad desde aquí, qué suerte tienes de vivir junto al mar. Tienes razón, contesté, el mar es parte de mi vida; los alicantinos, cuando decidimos dar un paseo, salimos de casa y sin pensarlo siquiera, dirigimos nuestros pasos hacia el puerto ó la playa, necesitamos su olor y escuchar su mensaje. Al cabo de unos minutos, exclamó ya más animado: si quieres seguimos adelante, yo ya me he recuperado. No, déjalo, yo también estoy un poco cansada, le mentí, y total desde la cumbre se ve casi lo mismo que desde aquí, nada más que un poco más alto.
La tarde era serena y perfecta, y una suave brisa empezó a refrescar el ambiente. Fuimos bajando por el camino hasta el principio.
Alicia, parece mentira que en tan pocos días nuestra relación sea tan sólida y nos conozcamos tan bien, te quiero mucho y me horroriza pensar que termine aquí esta historia. ¿Por qué dices eso?. si acaba de empezar, también yo te quiero mucho. Nos apretamos las manos y me empeñé en acompañarle hasta el hotel. Fuimos andando cuesta abajo y paseamos por la orilla del mar un buen rato. Me gustaría despedirte mañana en la estación. No, no, sería muy duro, prefiero que lo hagamos ahora, además el tren sale muy temprano.
Llegamos a la parada del tranvía, nos abrazamos y besamos ante las miradas curiosas de la gente que allí se encontraba y nos separamos con lágrimas en los ojos, pero sonriendo.
Cuando poco a poco lo fui perdiendo de vista me sentí mal, con el presagio de que jamás volvería a verle.
Las vacaciones siguieron con mis amigas pero nada fue igual, no quise arrinconarme en mi casa y seguí saliendo, sin alegría pero con esperanza. Septiembre me trajo mi primer empleo en las oficinas de una compañía de seguros y eso me ayudó un poco a no pensar todo el día en nuestra separación forzosa. Todos los días preguntaba a mi madre si había recibido una llamada telefónica, pero siempre la respuesta era negativa.
En Octubre tampoco ocurrió nada, cada vez me encontraba más decaída, sobre todo los fines de semana, aquellos domingos que siempre me habían resultado divertidos, ahora el cine y el paseo por la Rambla me resultaban aburridos y tristes. Mis amigas intentaban animarme pero yo no dejaba de pensar por qué Cosme no había querido darme ni su teléfono ni su dirección. Cuando se lo pregunté antes de marcharse dijo que quería darme una sorpresa en cuanto se encontrase bien de salud.
Llegó Noviembre con las castañeras en las esquinas y el D. Juan Tenorio que se representaba por aquellas fechas en el teatro Principal. A mitad de mes, un día frío y lluvioso, cuando regresé a casa a mediodía me entregó mi madre una carta que había llegado a mi nombre. El corazón empezó a latirme fuerte y desordenadamente, me encerré en mi habitación y estuve unos minutos sin tocar la carta. Cuando al final me armé de valor, la abrí y la leí, caí en la cama sin fuerzas y se apoderó de mí una angustia impotente y negra que me dejó anulada. El membrete de la carta tenía fecha del dos de octubre pero el matasellos del sobre era del catorce de noviembre. No hace falta que refiera el contenido de tan triste misiva. Cosme, mi querido Cosme, la había escrito con antelación y se la entregó a su madre para que me la enviase a mí si se cumplían sus temores. Su despedida eran cuatro líneas sencillas que jamás olvidaré y hoy todavía conservo la carta entre mis reliquias más queridas.
Por primera vez sentí que la vida empezaba a pasarme factura, que no todo era juventud, alegría e ilusión, que existía un dolor que hasta entonces no conocía y que ese lluvioso día de Noviembre iba a quedar grabado en mi alma para siempre.
Poco a poco su recuerdo fue suavizándose, a veces me consolaba pensar que estaría en una playa soleada y tranquila y que alguna vez nos volveríamos a ver, como aquella mañana de verano donde nos encontramos por primera vez.
Pasaron las Navidades, muy tristes para mí, siempre arropada por mis amigas, mis padres y hasta Pablito me ayudó. Cómo me vería, para abrazarme y besarme de vez en cuando.
Comenzó 1959 y un día de Semana Santa conocí a Alejandro. Tuvo mucha paciencia conmigo pues aún me encontraba muy “tocada”, pero puedo asegurar que aún teniendo una herida de amor sin cicatrizar, te puedes volver a enamorar, a mí me ocurrió y hasta la fecha sigo estando enamorada pero siempre, siempre, mientras viva, tendré un rinconcito dentro de mí para Cosme, mi amor de tierra adentro.
Ya no existe ni el tranvía ni las tertulias vecinales de jazmines y botijo, ni Machín cantando sin parar por la radio, aquel Alicante íntimo y tranquilo sólo queda en la mente de quien lo vivimos pero siempre guardaré un recuerdo especial de aquel inolvidable verano del cincuenta y ocho, de mar azul, noches estrelladas, dulces descubrimientos y también de amargos presagios.
¡Mira Alicia!. Ya se ve el mar, la voz de Alejandro me saca de mis pensamientos, mis recuerdos no terminan aquí pero sí este viaje, mi trayecto hasta la actualidad fue bastante movido pero eso ocuparía otro relato y no precisamente corto. Vuelvo a oír la voz de Alejandro repitiendo: ¡Alicia, ya se ve el mar! . Miro y ahí está... alfombrando la silueta majestuosa del castillo. Sí, ya se ve el mar, contesto con emoción..... ya estamos en casa.

Tina Jover



Enviado miércoles 6-2-2008 a Diorama de Alicante

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